| Cuando eres niño atribuyes a las coincidencias determinados sucesos que en el fondo no tienen nada de casuales. Entre esos recuerdos está la fiesta de la Candelaria donde en cada barrio de mi pueblo se hacía una enorme candela cuyo principal combustible era el ramón (restos de poda de los olivos) que en ordenados montones encontrábamos “milagrosamente” en los olivares. Resultaba maravilloso ese hallazgo tan a disposición de cualquiera y de material tan apropiado para nuestro objetivo, además de encontrarlo en el momento justo para organizar esta fiesta llena luz, alegría y misterio. Sería mucho más tarde cuando sabría de su origen en ancestrales culturas paganas para invocar a los dioses para la obtención de buenas cosechas y que posteriormente, el sincretismo cristiano la asoció a diversos pasajes bíblicos. Todo un cúmulo de tradiciones que desembocaban en esa mezcla que, aún no siendo “fiesta de guardar“, era esperada y celebrada con ilusión. Ese año y por primera vez, alguien debió pensar que la placita delante de la Cartuja era un lugar adecuado para añadir una candela más a las ya existentes. Corrían tiempos en que las ordenanzas municipales debían estar para otras muchas cosas pero la de prevenir posibles incendios por la fiesta de las candelas, no estaba entre ellas. Y en general, no recuerdo incendios forestales en los años de mi infancia, quizá porque de limpiar el monte de maleza se encargaban los carboneros. Y hablando de ellos, el carbón vegetal era imprescindible en las cocinas de entonces. El carbonero solía repartirlo por las casas, acompañado de su burro y los serones repletos del negro material que irremediablemente daba color a su tez. También mantengo el recuerdo de ir con mi tía Estefanía a comprarlo a la ya desaparecida Ermita de San Sebastián, donde una conocida familia pedroseña lo vendía. Por aquellos años algo comenzaba a cambiar. Un descubrimiento que era más limpio que los fogones de carbón o leña y de una eficacia calorífica muy superior, se estaba colando en las casas a velocidad inusitada. El hornillo de petróleo empezó a conquistar el poyo de hornilla de cada hogar y como una buena nueva que prometía ser más barata, limpia y rápida que los tradicionales anafes, se impuso sentando sus reales en El Pedroso al igual que estaba haciendo en cada rincón de España. Lorenzo y Ángeles desde su tienda, no fueron ajenos a aquella implantación y, claro está, al tiempo que los hornillos vino la concesión de la venta de petróleo con su correspondiente inspección del lugar de almacenamiento de semejante combustible y su posterior aprobación por la que entonces se llamaba CAMPSA (Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima). Era el segundo comercio que lo obtenía en el pueblo, pues Enrique el droguero, ostentaba la primera concesión. Y mientras éste también distribuía gasolina, mis padres decidieron restringirse a la venta de petróleo, cuyos únicos consumidores eran los ya populares y mencionados hornillos. CAMPSA servía el petróleo en recios bidones de chapa galvanizada de 200 litros que en número de más menos diez, dejaban en el recinto autorizado y habilitado al efecto sito en la placita de Cartuja, lindando con la trasera de casa Peral y el corral de Manolo “el Doctor”. Era el propio conductor quien descargaba aquellas moles cilíndricas dejándolas deslizar desde la plataforma del camión, entre dos vigas de madera unidas e inclinadas, hasta el suelo donde, ágilmente, las movía hasta ir apilando un bidón junto a otro. | Como digo, llegó un momento que no había hogar en el que faltara su hornillo de petróleo y aunque el margen de beneficio era escaso, la cantidad de litros vendidos compensaba el esfuerzo. "El Latero" fue otros de los beneficiados de aquel “boom”. Convirtió cientos de latas de cinco kilos de tomates, vacías, en envases donde el ama de casa iba a comprar el combustible. Una adecuada boca con su tapón de chapa, enfrente el pitorro para llenar el depósito y su cómoda asa en el centro, completaban lo que era un nuevo cacharro imprescindible en el ajuar de la cocina. Pronto el mundo infantil se mimetizó con la cocina de la casa. (Colección del autor) Al mismo tiempo, el oficio de carbonero comenzaba a padecer la implantación de aquel moderno adelanto y a saber si por eso, en las carreteras se veía una nueva advertencia en forma de cartel en chapa que decía: “No tire colillas, peligro de incendio”. Será años después de este relato, en 1962, cuando aparecerió la famosa campaña: “Cuando un monte se quema, algo suyo se quema". Sin olvidar la sorna con la que el dibujante Perich lo cerraba en una de sus viñetas: "...señor conde". Por tanto, en aquel frío mes de febrero de 1957, nada nos prevenía de los riesgos, quizá porque no existían en la magnitud que hoy los conocemos. Cuando aquella tarde, Lorenzo va a su almacén para llevar rodando, como era habitual, hasta la tienda uno de los bidones para servir el combustible a su clientela, se queda espantado. Una montaña de ramas de las podas de olivo se alza ante él y a pocos metros de dos mil litros de petróleo. Habla con los adultos que junto a los niños acumulan el combustible y todos minimizan el riesgo. No hay manera de convencerlos del peligro ni siquiera por la señal que claramente lo indicaba. Solo los pequeños nos quedamos quietos ante lo que estabamos oyendo. Andrés, Gloria, Manolo... todos soltamos nuestras ramas. Era Ramón el alcalde y a grandes zancadas va en su busca. Le sigo con dificultad pues mi carrera no alcanza sus pasos. No lo encuentra en su casa, habla con los municipales y la solución de que se pondría uno allí desde el encendido hasta su extinción, no resuelve el problema. Tenía yo ocho años y vi que la fiesta que tanto me gustaba, en esta ocasión se presentaba con serias dificultades. Nadie atendió a razones y Lorenzo y Ángeles pasaron la noche de la Candelaria con una manguera enchufada al grifo, echando agua sobre los bidones de petróleo mientras las pavesas volaban alrededor y rezando para que la fiesta no acabara en tragedia. Aquel fue el primer año y el último que en la placita de Cartuja se celebró la Candelaria y por fortuna sin que volaran por los aires más que las pavesas. La fiesta no concluyo tostando rebanadas de pan y asando sardinas y chorizo en las ascuas, pues sin mediar más palabras, mi padre comenzo a echar agua a las brasas hasta que aquel jolgorio quedó en el barro gris de las cenizas... Y con tal sucedido y cuanto lo rodea, finalizo una pieza más del puzle "de un tiempo y de un lugar" que conservo en la caja de los recuerdos de mi infancia. |
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