| Tomás L. Chaves Antolín _________________ Y ahí sigue, imperturbable, visible desde el alba al ocaso y después, con sus cuatro ojos luminosos, vigilante de nuestros sueños. Es la gran torre de mi infancia, siempre presente. Hoy sigo mirándola y sintiendo que, desde su potente quietud, es el corazón de mi pueblo elevándose al cielo como solemne vigía que marca con sus latidos el pulso de la vida y ordena el tiempo de todos a los que acoge. “¡Oh excelso muro, oh torres coronadas de honor, de majestad, de gallardía!...” comenzaba Góngora su Poema a Córdoba. Oh gran torre de mi infancia…, comenzaría yo, lástima que las musas del verso no fueron generosas conmigo, si así hubiera sido te rodearía de loas para elevarte aún más y fueras visible más allá del horizonte, con todo, siempre serás el referente de tanta felicidad vivida no solo a tus pies, porque también en tus entrañas de misterio me acogiste muchas veces y ascendiendo entre el granito de tus muros, notaba el aliento de cuantos te soñaron ya hace siglos, sí, siglos, que aunque eres joven, en febrero del 2026 asientas tus 267 años. Y llegados ahí, donde el aire también forma parte de ti, aquel niño descubrió tus cuerdas vocales hechas de bronce y memoria. | Descubrí cuanto acoges y hasta allá, donde ni la vista alcanza, sé que por entonces llegaba tu voz, porque el azadón dejaba de labrar la tierra, el burrillo paraba su caminar y hasta la cuerda de la comba quedaba quieta al sentir el tañido del Ángelus llamando a la oración. Hoy también, cuando tus voces elevan su canto de bronce a la Madre que está en el Espino, el pueblo entero se detiene un instante, es día de gozo, es el día grande en el que hasta las golondrinas y vencejos giran en el aire en torno a ti, mi torre festiva que ondeas al viento celebrando la fe. Setenta años después de que aquel monaguillo subiera como una exhalación tus escalones, el pasado 9 de septiembre volvió a hacerlo, cierto, algo más despacio pero… recordé, recordé, recordé tanto… hasta una poesía con la que, entre otras, toda una generación de niños aprendimos a leer en la cartilla Rayas mirando nuestra Torre desde las Escuelas Nuevas, esas que hoy acogen el extraordinario y único Museo de la Historia de la Escritura que existe en España. Decían así tan emotivos versos: … “Campanas de mi lugar, tu me quieres bien de veras, cantaste cuando nací llorarás cuando me muera”. |
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Antes de la pandemia del Covid, visitando el museo de Navarra en Pamplona, descubrí este cuadro y a su pintor: Un viático en el Baztan, realizado por Javier Ciga en 1917 y considerada una de las obras maestras del artista navarro. Me causó profunda impresión, aparte de por la maestría de su posromanticismo realista, porque refleja de forma nítida una de mis vivencias infantiles. Cuatro variable anoto de diferencia con aquel recuerdo: la puerta de aquella humilde casa de mi pueblo era más pequeña, la sotana del monaguillo del cuadro es roja, la mía negra, no llevaba farol y tampoco había velas. Con estas anotaciones os dejo uno más de los RELATOS INTRASCENDENTES de mi infancia, donde he intentado pintar "mi cuadro". Espero que os guste.
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