TOMÁS L. CHAVES ANTOLÍN. Miradas al pasar.
  • EN AQUEL TIEMPO (blog)

CAMPANAS DE MI LUGAR...

19/9/2025

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Tomás L. Chaves Antolín
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Y ahí sigue, imperturbable, visible desde el alba al ocaso y después, con sus cuatro ojos luminosos, vigilante de nuestros sueños. Es la gran torre de mi infancia, siempre presente. Hoy sigo mirándola y sintiendo que, desde su potente quietud, es el corazón de mi pueblo elevándose al cielo como solemne vigía que marca con sus latidos el pulso de la vida y ordena el tiempo de todos a los que acoge.
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“¡Oh excelso muro, oh torres coronadas de honor, de majestad, de gallardía!...” 
comenzaba Góngora su Poema a Córdoba. Oh gran torre de mi infancia…, comenzaría yo, lástima que las musas del verso no fueron generosas conmigo, si así hubiera sido te rodearía de loas para elevarte aún más y fueras visible más allá del horizonte, con todo, siempre serás el referente de tanta felicidad vivida no solo a tus pies, porque también en tus entrañas de misterio me acogiste muchas veces y ascendiendo entre el granito de tus muros, notaba el aliento de cuantos te soñaron ya hace siglos, sí, siglos, que aunque eres joven, en febrero del 2026 asientas tus 267 años. Y llegados ahí, donde el aire también forma parte de ti, aquel niño descubrió tus cuerdas vocales hechas de bronce y memoria.
Descubrí cuanto acoges y hasta allá, donde ni la vista alcanza, sé que por entonces llegaba tu voz, porque el azadón dejaba de labrar la tierra, el burrillo paraba su caminar y hasta la cuerda de la comba quedaba quieta al sentir el tañido del Ángelus llamando a la oración.
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Hoy también, cuando tus voces elevan su canto de bronce a la Madre que está en el Espino, el pueblo entero se detiene un instante, es día de gozo, es el día grande en el que hasta las golondrinas y vencejos giran en el aire en torno a ti, mi torre festiva que ondeas al viento celebrando la fe.
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Setenta años después de que aquel monaguillo subiera como una exhalación tus escalones, el pasado 9 de septiembre volvió a hacerlo, cierto, algo más despacio pero… recordé, recordé, recordé tanto… hasta una poesía con la que, entre otras, toda una generación de niños aprendimos a leer en la cartilla Rayas mirando nuestra Torre desde las Escuelas Nuevas, esas que hoy acogen el extraordinario y único Museo de la Historia de la Escritura que existe en España. Decían así tan emotivos versos:
… “Campanas de mi lugar, tu me quieres bien de veras, cantaste cuando nací llorarás cuando me muera”.
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HISTORIA Y VICISITUDES EN TORNO A  UNA FIAMBRERA.

10/8/2025

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Tomás L. Chaves Antolín.
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ALBERT Y OTTO
Después de casi dos horas de un cómodo viaje desde El Pedroso, el tren ha llegado a Sevilla desembocando en su estación Plaza de Armas, orgullo de la ciudad desde que se inaugurara justo veinticinco años atrás pues hoy, precisamente, es 25 Marzo de 1926. A Albert Weyer siempre le ha gustado su estilo neo-mudéjar, y diría más, hasta le sorprendió tan buena factura cuando accedió a ella por primera vez la mañana del 15 abril de 1911. En esta última fecha, llevaba menos de un mes en Sevilla después de aquel largo recorrido en barco desde el rio Elba en Hamburgo hasta la Sevilla del Guadalquivir, cuando tras diversos contactos, decidió viajar en tren hasta aquel pueblo perdido en plena Sierra Morena, comprobando in situ la excelencia del mineral de hierro del que tan bien le habían hablado.

Han pasado años desde entonces y han sido muchas las idas y venidas pero hoy sabe que está dando más que un adiós a tan acogedora tierra, por eso, cada mirada al entorno le suena a despedida definitiva; quince años parecen un corto periodo pero la intensidad con que los ha vivido ¡y lo que ha vivido! dan para una novela.

Aquellos principios fueron tiempos de gran competencia entre las potencias europeas, fundamentalmente entre Francia, Inglaterra y Alemania por acaparar materias primas, mercados e industrias, y ahí estaba él, con un papel nada despreciable representando y gestionando para su empresa, la Krupp de Essen en Alemania, dedicada a la producción de acero y a la fabricación de armas y maquinaria industrial. Y sí, resultó que el codiciado mineral de hierro magnético de alta pureza, se daba en abundancia en alguna de las explotaciones mineras de aquel escondido pueblo del sur de España, en el que estuvo en numerosas ocasiones hasta que, finalmente, en 1921, llevó a buen término un importante contrato para su empresa con un concesionario minero de la zona y en su momento, decidió fijar la residencia en El Pedroso. Era ya principios de 1924.


El más cruento avatar de los que había dejado atrás en tan largo periodo, fue su participación en la “Der Weltkrieg” como se la llamó en Alemania y a partir de entonces por todos conocida como la Guerra Mundial. Desde finales del siglo XIX y principios del XX, venía gestándose la división de Europa en dos bloques militares que desembocaron en, por una parte la Triple Alianza compuesta por Alemania, Italia, Austria-Hungría, y por otra La Triple Entente formada por Gran Bretaña, Francia y Rusia, con lo que a las ambiciones imperialistas y nacionalistas de unos y otros solo le faltaba la feroz competencia en el terreno industrial para armarla.

En estos pensamientos y reflexiones viene abstraído Albert durante este último viaje desde El Pedroso a la capital y a su mente ha llegado el cúmulo de atrocidades de aquella guerra, no olvida cómo se enteró y dónde estaba cuando estalló todo.

Albert hace tiempo que conoce al cónsul honorario de su país en Sevilla, Otto Engelhardt, un ingeniero alemán como él, que dirige desde 1894 la Compañía Sevillana de Electricidad, participada mayoritariamente por el Deutsche Bank y por AEG, empresa de donde procede el directivo pero asentado e integrado en la sociedad de la capital andaluza como el que más. Le diferencian unos trece o catorce años de edad pero han congeniado y no pierden ocasión de compartir algunos buenos ratos.
Son las nueve de la mañana y Otto, aunque es domingo, quiere revisar unos documentos en la oficina para tenerlos listos el lunes, así que camino de la sede, ha pasado por el hotel Inglaterra a desayunar con su paisano Albert Weyer, donde reside el ingeniero de minas alemán cuando recala en Sevilla. 

Las noticias internacionales de interés son pocas en la prensa sevillana de este 28 de junio de 1914 y Albert, además de leerlas, tambien ha dado ya su habitual paseo para ver cómo ilumina el amanecer la plaza de San Fernando, hoy festivo sin su ajetreo habitual. Cuando aparece Otto ya está de vuelta y va por el segundo café. Ha concluido de hojear las páginas de El Liberal, el periódico más madrugador, o el más rápido en llegar al hotel. Quizá le daba cierta ventaja el hecho de tener los talleres a dos pasos, en la Calle García de Vinuesa, con lo que sus hojas aún olían a tinta. Lo dirige el también buen amigo de ambos, el periodista José Laguillo. Tras el preceptivo saludo y la pregunta de rigor de si había “noticias frescas”, Albert le muestra sus manos comentando que, efectivamente lo son pues aún no ha dado tiempo a secarse la tinta del ejemplar que acaba de hojear.

Cada vez que se encuentran les gusta ponerse al corriente de sus respectivas ocupaciones y en estos días la Cía. Sevillana de Electricidad, está a punto de cubrir el suministro eléctrico en todo el Aljarafe. Albert le felicita y le habla de las toneladas que llevan suministradas las minas de Alquife, en Granada, a su empresa por la calidad de ese mineral y también de la importancia que augura a El Pedroso en el mismo aspecto pues los análisis realizados tras sus distintas visitas así lo corroboran.
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El pequeño velador está preñado entre las pastas, el periódico, los cafés recién servidos... y Otto, haciéndose un hueco, le entrega un pequeño paquete rodeado por una cinta roja con su lazo, a modo de presente.
- Como viajas tanto, te traigo un regalo vinculado con mi trabajo y apropiado para tu frenética vida
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Sonriente e intrigado, Albert se dispone a abrirlo y queda sorprendido al encontrar dentro de la caja una especie de fiambrera con dos enganches de cierre, un asa arriba forrada de mimbre y lo que parecen otras dos asas que se adaptan a la forma ovalada del recipiente.
No sale de la sorpresa, se lo toma a guasa aceptando lo que interpreta como una broma de Otto que, en sus ya muchos años en esta tierra, lo considera un sevillano más, contagiado quizá del carácter dicharachero y bromista de los autóctonos.
- Imagino que es para llevarme el almuerzo cuando voy a las minas - le comenta riendo -.
- También te puede servir para eso, pero hay mucho más. Ábrela ábrela – le induce-.
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Y así lo hace; desabrocha los cierres, quita la brillante y aséptica tapa y en su interior encuentra una pequeña plancha, también brillante, con dos asas plegables y forradas del mismo mimbre que las anteriores asas.
No sale de su asombro.
- Muy útil, pero no hay donde meterle carbón para calentarla –dice observándola y no exento de humor -
- No te impacientes y continúa con los descubrimientos – añade Otto abriéndole un nuevo compartimento en el que se encuentra una plataforma con un cable enrollado en su rededor y la base de enchufe que parece trifásica.

​Albert está verdaderamente sorprendido ante aquel equivalente a una chistera de mago de la que no paran de salir cosas, porque sendas conexiones en ambos extremos del cable terminan el cuadro.

Otto coloca la planchita sobre la plataforma que se supone es la que acumula el calor y le explica.
​- Como ves ya puedes calentar la plancha y dado que en tus viajes te encontrarás corriente eléctrica de distintos voltajes, sólo con girar la clavija accedes a 120, 150 o 220.

- Me dejas asombrado. Y sí, debe ser verdaderamente útil en los viajes y además y por lo que veo, este recipiente que contiene todo, intuyo que se convierte en un práctico jarro para calentar líquidos.
- Bien has intuido.
Bueno, pues como observas por el grabado de la marca, mi compañía, AEG, ha creado este modelo a modo de prototipo y son pocos lo que se han fabricado aún. Antes de producirlo masivamente quieren saber la opinión de escogidas personas y de los tres que me han enviado, el tuyo, el mío y el que regalaré a otro amigo son los primeros en llegar a España. Eso sí, tendrás que transmitirme tus impresiones después de darle uso.
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Albert, sonriente, se muestra agradecido y le promete que así lo hará. No le faltan ganas de comprobar este adelanto.

La conversación continúa en torno a la importancia que tendría para el desarrollo de la minería en la Sierra Morena que les llegara un buen servicio eléctrico. Y más que salvar las dificultades orográficas para dar esa distribución a la zona, pensar en una pequeña central hidroeléctrica aprovechando precisamente los recursos hídricos de los que aquel paisaje está dotado. Debaten sobre el hándicap de la poca población de la comarca y la falta de centros productivos que hicieran rentable la inversión, etc. etc.

Por otro lado no dejan de manifestar sus temores por el clima beligerante que se respira más allá de los Pirineos y el riesgo de que tanto armarse les lleven al desastre aunque por otras, puede que esa misma razón los contenga.
Albert se abre de brazos con expresión interrogante contemporizando que aunque su empresa se dedique, entre otras, a fabricar cañones, él prefiere la paz. El pragmatismo es imprescindible cuando las circunstancias son complejas o inciertas.
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Veloz pasa el tiempo y hoy se ha prolongado este encuentro más de lo habitual debido al novedoso “kit de planchado”. Son las 11:00 y ambos se levantan para continuar con los respectivos compromisos de la jornada festiva. En la despedida están cuando un empleado del hotel se les acerca y en una pequeña bandeja entrega a Albert lo que se aprecia es un telegrama.
La palidez de su cara al leerlo inquieta a Otto y el desconcierto es absoluto cuando lo relee en voz alta con trémula voz: “Heute um 10:45 Uhr wurden Erzherzog Franz Ferdinand von Österreich und seine Frau ermordet. Kriegserklärung steht unmittelbar bevor. Rückkehr dringend erforderlich.“
(Hoy 10:45 asesinado archiduque Francisco Fernando de Austria y esposa. Inminente declaración guerra. Vuelva urgente).
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MEDIA VIDA
Cierto, ha sido desmesurado lo vivido hasta hoy y a su cabeza vuelven recuerdos terribles de tan cruenta contienda en la que participó acabándola de capitán.


Recuerda la llegada a este sur de España, ligero de equipajes y cómo vuelve no solo cargado de equipaje, también de nostalgias aunque satisfecho por cuanto ha llevado a cabo para su empresa y que ahora, en este 1926, en el que no cesa la inestabilidad en Europa, lo reclama para otra aventura.  
Los últimos años los ha pasado en El Pedroso, viviendo cómodamente en la casa familiar de su proveedor y ya amigo, José Guerra, que le ofreció dos amplias habitaciones en la planta superior para que se acomodara. Y todo "por culpa" del mineral de hierro de las minas de San Manuel y otra menor en Cazalla, de las que este empresario tiene la concesión, su calidad supera con creces lo que hay por la zona y mucho más allá, así que es razón de sobra para esta, que él preveía, prolongada estancia en El Pedroso.
El control del volumen de compra firmado requiere cada vez más su presencia de manera permanente y con la adecuación para habilitar sus estancias, que ha concretado con su anfitrión, piensa que sobrevivirá a este periodo que nunca será peor que el sufrido en la “Der Weltkrieg”.


Aunque la actividad minera no ha cesado, antes al contrario debido a la guerra europea, el pueblo no ha cambiado mucho desde la primera vez que lo visitó, pero los habitantes de esta casa disfrutan de un buen nivel de vida, incluyendo servicio de luz eléctrica y agua corriente. Por su cuenta y gestionado con proveedores de la capital, ha terminado de amueblar, con todas las comodidades, las dos amplias habitaciones cedidas en la parte de arriba a las que hasta los nuevos cortinajes les dan la prestancia necesaria, y si añadimos el solárium, también adecuado a su gusto y la ampliación del cuarto de baño llevada a cabo bajo sus criterios pero esto sí, a costa del dueño de la casa, nada tienen que envidiar a sus comodidades en el sevillano Hotel de Inglaterra.
Ha preferido no utilizar el servicio de la casa y, diariamente, una mujer del pueblo se acerca bien temprano cada mañana a realizar en sus espacios las imprescindibles tareas domésticas.
Ahora bien, pese a tanta comodidad y por su permanente trashumancia, siempre tiene dispuesto el pequeño maletín con los necesarios enseres de aseo y presentación personal, pues rara es la semana que no ha de desplazarse a otros destinos o sencillamente a Sevilla y pasar uno o dos días en “mi fonda” como él gusta llamar al mencionado hotel. Y no le falta razón pues en 1857, tras el derribo del Convento Casa Grande de San Francisco, se construyó la que entonces era la “Fonda de Londres”, que con el tiempo se convertiría en el establecimiento más prestigioso de Sevilla ya con la denominación de hotel referida. ¡Qué huerto tan magnífico tenían aquellos franciscanos! O eso le había contado Roberto, el conserje, que fue parte de la Plaza Nueva por la que a primeras horas de la mañana, como ya sabemos, acostumbraba a pasear. Él, correspondiéndole a tan preciada información en sus matutinas salidas, lo saludaba según le viniera el día: Roberto, me voy a dar un paseo por la huerta... o: Roberto, me voy a meditar por el claustro. 
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Podría parecer que sólo la austeridad hubiese marcado etapa tan importante de su vida, y no, ese matutino paseo por “la huerta” había estado precedido en más de dos y tres… ocasiones por la placentera brisa de la madrugada paseando por las callejas de Triana de vuelta al hotel, a unas horas en las que ya se pierden los ecos de las guitarras y el aroma de la manzanilla va dejando paso al jazmín y a la dama de noche que saltan alegres por encima de las tapias de algún patio de vecinos.
Desde aquella primera vez en que la curiosidad le hizo entrar al tablao y se sentó en una discreta mesa, hasta llegar a los recuerdos de hoy, Albert pasó de la elegante compostura al desenfado de relajar la corbata en amigable y fascinada charla con Remedios, la bailaora a la que no pudo aguantar la mirada de aquellos ojos negros a los que sucumbió.

No fue su único “affaire”, siempre discretos, pero que encendían aún más su entusiasmo por estas veladas de la mano de su amigo, el gran maestro del duende, Realito, con el que trabó una sincera amistad formando parte de su círculo más íntimo, el de la Sevilla más honda y auténtica.


El maletín mencionado más arriba, reposaba en una pequeña mesita a la entrada de la ambivalente sala de estar y despacho pedroseños, mesita que parecería hecha para acogerlo y situada en el lugar adecuado para que no se le olvidase al salir, como si del Santo Grial se tratara pues en ella, además de los objetos de aseo personal, va la caja metálica con la planchita de viaje que le regalara en tan recordado y trágico día, su amigo Otto.
Recuerdos y más recuerdos.

Este traslado, no por inesperado dejaba de ser previsible, era uno más en su vida, también vividos en su época militar, así que, al caso, se trataba de cumplir ordenes pero al servicio de causas civiles. Y a ese racional pensamiento se aferraba para que nada extraño irrumpiera en su disciplinada forma de ser.

Tras el gasto llevado a cabo en la adecuación de las habitaciones y con tan precipitado regreso, su empresa, sorpresivamente, le pide que traslade todo el mobiliario y enseres adquiridos para adecuar sus estancias pedroseñas, hasta Alemania, así que desde ayer ya reposan muebles y ajuar bien embalados en las bodegas del carguero que también tomará él. Ha sido una ventaja que pudiera contratar un vagón de mercancías que se unió al tren que transportaba el mineral de hierro en los vagones tolva desde la estación de El Pedroso hasta el puerto de Sevilla. Se trataba del inerte que quedaba tras la conflictiva ruptura del contrato y que tan compleja situación le creó con José Guerra.
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Él partirá al día siguiente en el ómnibus que pasa por El Pedroso a las ocho de la mañana, con lo que todo va cronometrado para trasladarse hasta el barco en taxi.
No son muchos los diez minutos de retraso que lleva el tren desde que partió de Gijón y por la breve parada, se ve que el maquinista tiene intención de recuperarlos. 

​Aún no se ha disipado el humo que nubla la llegada cuando un silbido agudo rasga el aire inmóvil de la mañana. La locomotora, negra y poderosa, exhala una primera bocanada de vapor como un suspiro contenido por años como si fuera cómplice de las añoranzas de Albert. Las pesadas ruedas chirrían al empezar a girar con un ritmo torpe, casi dudoso. El tren tiembla, se sacude, y luego avanza con solemnidad. Todo se mueve despacio… pero ya no hay vuelta atrás. El viaje ha comenzado. La estación de El Pedroso también le da su adiós definitivo, los primero árboles que discurren ante la ventanilla comienzan a diluir el pueblo en un eco lejano, una sombra fugaz.
Y por un momento siente que también lleva el alma cargada de equipaje, historias, recuerdos, un eterno quizás.
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A la llegada a Sevilla un mozo de estación cargó las maletas más grandes en la carretilla mientras él portaba su pequeño maletín en mano. ​
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No era un gran fumador, pero el hecho de liar un cigarrillo como le habían enseñado los mineros pedroseños, le relajaba, y era el momento. Sacó la petaca y el librito de papel Bambú del estuche metálico, depositó la maletita delante de la carretilla para facilitar el liado y tras la manufactura, llevó el pitillo a sus labios para encenderlo, adelantándose para llamar al taxi mientras las bocanadas de humo se diluían mezclado ya en la frenética vorágine de la estación.

El taxista carga todo ayudado del mozo que ha trasportado el equipaje, refrendando con él y con su cliente que son tres el número de bultos cargados. Ni el maletero es consciente de que falta una maletita que no cargó y que tampoco observó como se caía poco después de que Albert la dejara delante de las demás para liar el cigarrillo, ni ahora su dueño está atento al recuento.

Y en marcha.
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El taxista ve el tumulto de la detención de un rapaz por dos policías, mientras cae al suelo y una pequeña maleta vuela desde sus infantiles manos, comentando con su cliente lo que sucede sin que el pasajero le preste mucha atención.
- El pan nuestro de cada día, señor. De raterillos y rateros estamos bien servidos.
Y así el vehículo emprende el camino al puerto sevillano donde Albert se reencontrará con el mismo carguero que lo trajo por primera vez hasta aquí, eso sí, al igual que él, con sus motores y turbinas más desgastados y salobres, pero después de tantos años, seguro que con el camino aprendido para devolverlo con bien a su origen. 
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Ya en su camarote, no pone interés en los detalles, también para él han sido muchas las idas y venidas y sabe que son al menos siete días de austeridad franciscana (pero sin su huerto) hasta llegar a Hamburgo. Espera que las aguas gallegas no le obliguen, como en la vez anterior, a devolver al mar desayuno, almuerzo y cena para regocijo de los peces por tan generoso y nutritivo regalo.

Dispuesto a afrontar lo que del océano viniera en este regreso, salió a cubierta a oler por última vez el perfume a azahar que los naranjos sevillanos esparcían por doquier. Un perfume que por siempre llevaría asociado a la nostalgia y que también le trasladaba hasta aquel amor frustrado, aunque Amparo solo usara “Chypre” la fragancia que el perfumista Françoise Coti lanzara en 1917 con fonde de musgo de roble mas la complejidad de la algalia, pachuli, styrax, incienso y, quién sabe cuánta seducción más le había explicado aquella vendedora de la ​perfumería berlinesa cuando, sabiendo de esta preferencia de Amparo, nuestro ingeniero se lo trajo de regalo a la vuelta de uno de sus viajes. Demasiada complejidad, quizá como la imposible relación con su destinataria, que por encima de aquellas notas de seducción, ejerció tan fuerte atractivo en él, cosa que no se produjo a la recíproca. Hay que reconocer que si por el aroma fuera, Albert no había pasado de la loción para después del afeitado y muy
El puerto de Sevilla bulle con ecos de voces, silbatos y gaviotas, pero en su pecho reina un silencio denso, mezcla de expectativa y extraño arraigo a esta tierra. Quizá sea eso lo que le abstrae del entorno y vuelve al fragante pero sencillo azahar que ahora se mezcla en las pituitarias de Albert con los aromas de los montes donde lo llevaba su oficio. El tomillo, el romero, el cantueso y la jara y hasta la miel de encina jugaban un papel en aquella fórmula de la nostalgia al abandonarse en el recuerdo de las sierras de El Pedroso donde además, el sudor de los mineros terminaban de conformar el almizcle que lo unía todo. Y ciertamente, de este no faltaba en las duras condiciones de vida que, por otras, él había inducido para mejorar en todo lo posible.  
Así que se equivocaba José Guerra cuando comentaba entre los suyos, que “Artur Weyer se fue con lo mismo que vino”, quizá su carácter reservado engañó al empresario, pues el alemán llevaría por siempre en su alma un trozo de tanto vivido en aquel remoto pueblecito andaluz al que llegó con tantas reticencias pero del que se fue con tanta nostalgia. Aunque ¿puede que que el padre de su amada pensara que vino soltero y soltero se fue?

MARÍA LA LAVANDERA
El primoroso rótulo sobre la puerta, daba oficialidad a aquel cuarto que en principio solo era un a modo de desván, donde iban a parar los olvidos, que no los desafectos.
Mariano González, el jefe de estación de Plaza de Armas, quería dotar a este nuevo espacio con criterios racionales al servicio de los viajeros. Por ello, había puesto empeño en que contara con cuanto fuera necesario incluyendo un libro de normas que daban solución a cualquier pregunta que pudiera hacerse el responsable de la que ya se titulaba OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS.

María la lavandera era conocida como asidua viajera a la capital. Una vez en semana hacía el recorrido El Pedroso – Sevilla y viceversa. Aunque su marido Rafaé trabajaba en las minas, había encontrado la manera perfecta para ganarse el pan no solo con sus tareas del hogar y la limpieza en alguna casa, de modo que resultó  buena fórmula el añadirle el lavado de la ropa de familias sevillanas con recursos y devolverla en pocos días limpia y planchada, con olor al espliego donde se secaba tendida al sol en el paraje de la Madroñera. El agua de la sierra, el jabón casero y una buena piedra de porrilla a modo de refregador, no hacían el resto, ella y su hija mayor, que a la sazón tenía catorce años, se dejaban los nudillos de las manos para juntar esos elementos y obtener el primoroso resultado final, tan apreciado por su clientela.
 

Esa mañana habían visto a “Don Alberto” (como ella llamaba al ingeniero alemán) que por desgracia se marchaba para no volver, perdiendo a un buen cliente en su mismo pueblo. Poco había que hacer ya en las habitaciones vacías a excepción del somier y el colchón, pero su empleador le había demandado que diera un último repaso de limpieza y dejara todo en orden aunque nada hubiera que ordenar. Con la entrega de un generoso regalo económico, María lo despidió con lágrimas en los ojos mientras le besaba las manos agradecida. 

Poco después, ella y sus dos hijos, cargando con tres grandes cestas de ropa impoluta, también subían al tren diciendo adiós a Don Alberto que a lo lejos ya entraba al vagón de primera clase. María buscó acomodo en tercera, allá al final del convoy casi llegando al Puente de la Vía. 
En esta ocasión la acompañaba, además de su hija, Rafalín, el hermano que le sigue en edad, para poder transportar las dos cestas, más la que la madre llevaba en la cabeza. Toda una odisea para subir al vagón tamaña mercancía que no por repetida esta situación, deja de tener su enjundia. Con su gracejo, ha conseguido tener de cómplices a cuantos revisores hacen la Ruta de la Plata, permitiéndole que las cestas, situadas una sobre otras, ocupen el espacio muerto de la plataforma entre vagones, ahorrándole el costo de facturarlas. En tal circunstancias, bien se cuida María de que la carbonilla no arruine tanto esfuerzo y sendas bolsas de tela protegen las prendas dentro de las cestas.
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A la llegada a Sevilla, andando por el andén, observa como los viajeros que la preceden esquivan una pequeña maleta que reconoce enseguida.  
- ¡Es la maletita de aseo de “Don Alberto”! Exclama azorada. 
Le dice a Rafalín que la coja y salga corriendo a ver si alcanza a su dueño. Esa carrera se verá interrumpida al salir de la estación cuando dos policías paran en seco al chaval poniéndole uno de ellos la zancadilla que lo hace caer y, consecuentemente, propiciar el vuelo de la pequeña maleta unos metros más allá. No es la primera vez ni será la última, que un rápido ladronzuelo se apropia de lo ajeno para emprender los cien metros libres. Este no ha llegado ni a veinticinco, dialogan ufanos los agentes tras haber cobrado “su presa”. 

Si hubiera ocurrido pocos minutos antes, el recorrido aéreo de la maletita habría dado de lleno en Albert Weyer que ya, y en el taxi, partía hacia el Puerto de Sevilla cargado de equipaje hasta en la vaca. ​
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Llevó su tiempo deshacer el entuerto con los agentes pues trasladados, madre, hijos, cestas de ropa y maletita a las dependencias que la policía tenía en la misma estación, resultaba imposible convencerlos de que no había “malas jindamas” por parte del detenido. Y esa y no otra era la situación de María y sus hijos hasta que llegó el Jefe de Estación al que la mujer reclamaba con insistencia a modo de avalista que demostrara su honradez. Una vez allí, María vuelve a explicar las circunstancias y en un rasgo de buena voluntad y candidez, pretende que lleven la maletita al puerto de Sevilla y busquen a “don Alberto” para entregárselo. O que la dejen a ella hacerlo. Finalmente y bajo la responsabilidad de Don Mariano, pero custodiada por “estos dos señores que son mu amables” como constantemente llama a los policías nuestra lavandera, deciden trasladarse hasta aquella flamante OFICINA DE OBJETOS PERDIDOS donde, ante el responsable de la misma, mas el Jefe de Estación y sus captores, María repite una y otra vez la importancia de entregarla rápidamente a su dueño, enumerando repetidamente y con detalle su contenido como si de una letanía se tratara. 
En efecto, este caso no viene reflejado en el manual, reconoce Mariano a su subordinado. 

Se miran policías y empleados del ferrocarril por ver quién da la solución. Pero todos saben que aquella madre no va a permitir que se lleven preso a su vástago por muy mala fama que se le suponga a un desaliñado chiquillo corriendo con una maletita.  
- Venga don Mariano – le inquiere ella al jefe de estación – dígales a estos señores que la abran y verán que digo la verdad. 
Y un policía, sin más dilación, harto de tanto oír la misma cantinela hace saltar las dos débiles cerraduras con una pequeña navaja. 
Sin pensarlo dos veces, María abre la maletita y va extrayendo el contenido repitiendo a la vez cuanto ya habían oído, ni se sabe cuantas veces:
- ¿Os lo dije o no os lo dije?, aquí están sus zapatillas, sus dos peines, su barra de afeitar y su maquinilla, mírenla, monísima en esta cajita así de chica, dos cepillos con los que se frota los dientes con la pasta de ese tubo y el bote con el líquido verde pa la boca, el de bicarbonato, el de colonia con un número y el otro bote que se echa después de afeitarse, su albornoz y una toallita recién lavá y planchá y el espejito que le compré porque se le rompió el que trajo y eso da mal fario. Y por cierto, también  esa plancha del diablo que tiene metía en una fiambrera, que en vez de ponerle carbón la enchufa y la calienta.
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Ante el asombro de los  vigilantes del orden público y las socarronas sonrisas del Jefe de Estación y el responsable de Objetos Perdidos, nada extrañados de que María dijera la verdad, los cargos contra  “Rafalín el hijo de la lavandera” se disiparon al momento. Y a la vista de la ridícula situación en la que se quedaron sus captores, no exentos de prejuicios, Mariano, antes que “las fuerzas del orden” dijera la última palabra, sentenció:  
- María, aquí pone la dirección del Sr. Albert Weyer en Alemania, pero el remitente figura que es Don José Guerra en calle de la Estación, 15 de El Pedroso. Así que cuando hoy vuelvas de tus tareas en Sevilla y antes de coger el tren para tu pueblo, pasas por esta oficina y te llevas la maletita para entregársela a Don José en persona y que él ya disponga. Y atiende, no saques billetes porque hoy tú y tus hijos tenéis la vuelta a casa gratis. Ahora te los doy. Eso sí, que don José te firme el recibido de la maletita y su contenido y me lo traes el próximo día. 
- Usted iba pa rey Salomón don Mariano – se expresó María agradecida mientras le cogía las manos y besándoselas, le propuso echarle la buenaventura. 
- No soy gitana don Mariano, pero sé echar la buenaventura.
- Deja, deja, hoy ya vamos bien de venturas y buenas aventuras, que con tanto rigor, a saber cuántos rateros han dejado pasar “estos señores tan amables” – dijo con retintín mirando con sorna a los policías.-
No debieron entender la ironía aquellos sesudos sabuesos, presos aún del desconcierto ante aquel peculiar juez y su sentencia, que sin más y al unísono daban por acatado el veredicto. 

Y como el lector imagina, nuestra lavandera cumplió el encargo con presteza, yendo directa desde la estación del pueblo a la cercana casa del empresario minero. Este no salía de su asombro y de no ser por el membrete del papel que había de firmar y la redacción tan oficial de aquel escrito a máquina, no habría accedido a dejar la importante tarea que lo ocupaba para recibir personalmente a María la lavandera. 
Incrédulo abrió la pequeña maleta para comprobar el contenido que se citaba en el papel al tiempo que María le cuenta la desgracia vivida en Sevilla y, perentoriamente, advierte de la importancia de que “Don Alberto” reciba su maletita cuanto antes. 
José Guerra, sin apartar los ojos de aquellos sencillos objetos, se preguntaba perplejo el porqué Albert se llevaba una fiambrera. Quizá algún producto serrano le había cautivado, pero en la retahíla que aquella mujer le repetía abrió la que parecía, eso, una fiambrera y asombrado encontró la planchita referida. Jamás pensó que tan pequeño recipiente pudiera contener semejante artefacto. Y por un momento creyó que estaba entrando en la intimidad de su cliente, amigo y huésped.
Pese a todo, su mente seguía en la importante transacción que le ocupaba en aquel momento, pues las toneladas de mineral de hierro que estaban cargando en la estación y que saldrían en fecha fijada rumbo a Inglaterra, pesaban más que aquel ajuar de viaje de su teutón amigo. 
- María, no se preocupe, seguro que “Don Alberto” como usted le llama ya va surcando esos mares de Dios y en el propio barco le habrán procurado cuanto necesite. 
No estaba muy conforme María, así que le encomendó un encargo. 
- Don José, lo comprendo, pero no me quedo conforme, así que como usted viaja mucho, haga el favor de entregárselo en persona en cuanto lo vea. 
Quedó así la cosa, pero no pasaron quince días cuando en conversación telefónica entre el ingeniero de minas y el empresario afincado en El Pedroso, éste le cuenta la historia de su maletita. 
Conmovido ante la honradez de María, le pide a su amigo que se la haga llegar a la mujer como recuerdo de su parte y en agradecimiento por tanta honestidad y cuanto bueno le sirvió en su estancia pedroseña. Y aunque fuera pequeñita, que procurara usar aquella plancha por lo práctica que le resultará.

Albert Weyer no sabría nunca que en la humilde casa de los Romero Monje, en el extrarradio del pueblo, jamás entró la electricidad y aún pasaría una generación hasta que una bujía de 25 vatios alumbró la mesa camilla.

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CHRISTIAN DIOR Y SU FAMOSO VESTIDO TAILLEUR BAR
Aquel día de Mayo de 1950, una nieta de nuestra protagonista, ha terminado de confeccionarse el traje de chaqueta con el que se va a casar al día siguiente.

- Abuela, sabes qué te digo, que voy a planchar el traje con la planchita de don Alberto.
- Muy bien -dice la abuela María sabiendo que es un imposible- pero después deja todo recogido, que ese hombre volverá alguna vez y no quiero yo que se encuentre la maletita desordenada.
​Pese a que, tantos años atrás, José Guerra le comunicara que era un regalo de Albert Weyer, bien claro le quedó al empresario que en cuanto volviera su amigo por el pueblo, le entregaría la maleta que... ¡menudo regalo! un trasto más encima del armario.


A punto hemos estado de acabar esta historia con un disgusto. Macarena conecta las clavijas triples de la base a la hembra del aparato donde indica 125 y hasta aquí todo bien. Del techo, junto a la tira de papel atrapamoscas, cuelga  la bombilla y su portalámparas, de aquellos que también tenían para enchufar. Lo sujeta con una mano y con la otra mete la clavija del otro extremo del artilugio en el mencionado enchufe  y… un gran chispazo la hace retroceder fundiendo además los plomos.
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El grito de Macarena deja impasible a la abuela María, que ríe con ganas mientras toma a sorbitos el café de achicoria.
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Hubo boda al día siguiente. Y la novia lució un traje de chaqueta planchado con aquella otra plancha de carbón que tanto desgastó María.

Macarena iba monísima con un modelo de Christian Dior. Para la ocasión se había comprado la revista “El hogar y la moda” en la tienda de “Lorenzo el de la droguería“. Dentro estaba el patrón de su vestido y no le fue difícil enjaretar todo con la ayuda de su vecina la costurera... Eso sí, con sumo cuidado repintó la portada cambiando el negro de la falda y el sombrero por un verde oliva y añadiéndole una rejilla blanca en la cara. Entiéndase que no le faltó la ayuda del comerciante que en una paqueña latita preparó el color tal que ella quería y proveyó de finos pinceles.
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El titular de la revista anunciaba aquel icónico vestido como “UNA SILUETA FEMENINA Y ELEGANTE” y el texto lo describía al detalle en el interior:
“Chaqueta de seda salvaje color marfil, muy entallada y largo por debajo de la cadera, escote en pico con cuello de punta y hojas del delantero vueltas a modo de solapa, con corte de pecho vertical y espalda con dos costadillos y costura central.
Falda largo a media pierna realizada en tafetán (esterilla cresponada) de algodón mercerizado color negro. Toda ella tableada hacia la izquierda con tablas en plisado "plissé du soleil" de diferente ancho, en la cintura dos centímetros y en el bajo cuatro centímetros.”


- Hija mía, serás mu buena cosiendo, pero lo dejas to por medio y aquí está la abuela María pa recogé.
Arregló "los plomos", como por allí llamaban a los fusibles y ya con luz, cuidadosamente limpió el chamuscado de la clavija. Volvió a enrollar el cable sobre la base que metió en el recipiente, colocó la siguiente plataforma y la planchita en su interior, puso la tapa, cerró con sus trabillas y volvió a colocarlo todo en la maletita tal que hiciera aquel 2 de Abril de 1925. Como pudo se subió a una silla dejando la pequeña maleta encima del ropero mientras se preguntaba por dónde andará este puñetero alemán que aún no ha tenido tiempo de recogerla.

Eso sí, su nieta iba preciosa. Lástima que la vieran tan pocos en el pueblo pues la boda se celebró antes del amanecer porque los novios tenían que irse en el ómnibus de las ocho de la mañana para Sevilla. María les había pagado la pensión para la noche de bodas. Conste que la invitación en el casino a chocolate con churros para toda la familia la pagó el padre del novio.
¿Que cómo llegó a mis manos aquella planchita metida en una fiambrera? Bueno, esa es otra historia, o mejor, la continuación de esta, que sin más dilación os cuento sin entrar en detalles que por hoy ya está bien. 

RASTREANDO POR EL JUEVES
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El Jueves 22 de mayo de 2025 hacía un día espléndido en Sevilla, una mañana de paseo de las que vislumbras amenas charla delante de una cervecita en Casa Vizcaíno tras dar una vuelta por los puestos de “El Jueves”.
Dicen que ya no se encuentra nada de interés por allí, que ya no es lo que era, que solo hay reproducciones, que, que y que… ¿Y qué? Pues que este jueves nos vamos al Jueves.
Y allí que estamos picoteando por los puestos cuando la fresca mañana da paso a la soleá que nos abraza y abrasa cálidamente. ¡Qué caló! Y ahí, justo ahí apareció en el último puesto del recorrido.
- ¿Que es eso?
- Parece una caja antigua de esterilización.
- ¿Con asas de mimbre? Qué raro.
- Entonces es una fiambrera de campaña.
- ¿Así de brillante? Me extraña.
- Puedo?
- Puede.
- Qué cosa más curiosa. ¿No?
- Sí, es rara, sí.
- ¿Y de dónde saldrán estas cosas?
- Averigua.
- En este caso está to averiguao.
- ¿No me diga? Cuente cuente.
- Eso era de una tatatara…buela mía. Bueno de ella no, de un alemán que se lo regaló. Si os lo quedáis os cuento la historia.
- Me lo quedo. Pero con este solano… como sea muy larga la historia nos vamos a tostar.
- Eso se arregla en el Vizcaíno con tres cervezas… que ya son las dos y estoy recogiendo antes de que se me tueste la mercancía.
- Pues que sean.
- Ea, recojo y allí nos vemos.
Y allí nos vimos… y no dieron las tres y las cuatro y las…
No, no nos desnudamos como dice la canción de Sabina, pero María, la lavandera de El Pedroso, sabe que la fiambrera con la planchita de Albert Weyer la ha dejado su tatatara… nieto en buenas manos.
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Algunas de las relaciones entre los personaje y todo lo demás en torno a "la fiambrera", forma parte del imaginario y de esa inspiración que contienen los antiguos objetos en su espera paciente (sobre aceras o improvisados puestos de chamarileros) a que alguien los rescate, sabedores que en ellos siempre hay una historia, imaginada, real, ambas cosas o ¡a saber!
Pero de todas las verdades que aquí son, de la que no hay duda es que puedes ver "la auténtica fiambrera” (con todo su aparataje), figurando ya entre los muchos objetos curiosos de mi colección: 
​PULSA EN LA IMÁGEN
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AGRADECIDO:
Este relato ha sido posible gracias a cuanto de cierto y documentado sobre Albert Weyer y El Pedroso ha tenido a bien aportarme José Mª Odriozola Sáez además de largas charlas sobre la vida y obra de su proveedor, amigo ¡y casero! José Guerra. Mucho queda aún por contar del ingeniero alemán y a él dejo la encomienda.

Sobre Otto Engelhardt, su entregada vida a la ciudad que lo acogió y su triste final, asesinado en 1936, hay amplia información en internet. https://es.wikipedia.org/wiki/Otto_Engelhardt.

No quiero dejar pasar el agradecimiento a mi buen amigo Winoco, autor de las fotografías, allá por el siglo pasado, de la estación de El Pedroso, que dieron pié a la acuarela de este tema que ilustra el relato. Dejo aparte al creador de las mismas con el que me une un vínculo indisoluble.
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NOTA: Para los que han recabado datos fehacientes de la historia minera de El Pedroso y expertos son en ello, decirles que este es un relato de ficción en el que se incluyen hechos y datos reales, si alguno no coincide con sus investigaciones, ruego su benevolencia al tiempo que les agradezco su corrección que con gusto atenderé. 


Un relato de la serie:
Mis paseos por Rastros y Jueves.
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Entre Marcelino y Segismundo

23/3/2025

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A pocos domingos del de Ramos y con un sol espléndido tras tantas lluvias, escudriño en el Rastro el sueño de alguna ganga metiendo las manos entre la nostalgia, cuando de pronto apareció él. Ajado, eso sí, pero esta mañana allí estaba aquel álbum con todos sus cromos bien pegados en cada hoja, reclamando un nuevo dueño. Me dio por pensar en el niño que soñó en completarlo ¡y lo consiguió!
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Lo imaginé saliendo del cine, conmovido por la historia y preguntándole a sus padres si finalmente Marcelino pan y vino, se muere o el Señor lo lleva al cielo solamente para ver a su madre. La respuesta fue brutal: las dos cosas.
De poco sirvieron las explicaciones de que …el amor y la fe trascienden lo terrenal para que se cumplan los deseos más profundos…

Otros jirones de vidas se acumulaban sobre la improvisada mesa del puesto del chamarilero. Y entre ellos una caja de viejas fotos: un niño en bucólico paisaje creado por algún fotógrafo con ingenio, el soldado en la mili con fusil en mano, otras de adustos uniformados, más allá la de los recién casados con la sonrisa justa para salir en la foto y que tantos años permaneció en el marco sobre el mueble-bar de formica que tenían en el salón-comedor, aquella otra en que ella le promete amor eterno a la espera de que... a la llegada de la presente te encuentres bien yo bien gracias a Dios… 
Sueños todos llenos de ilusiones pero que habían finalizado allí, como si fueran lápidas en un cementerio olvidadas por parientes desafectos, llenas de jaramagos y flores marchitas. Quizá aquel niño de la foto era el dueño del álbum y ante la historia en la que el crucificado bajaba del madero, con el que Marcelino departía sus cuitas, soñó con una muerte más trascendente. O quizá la tuvieron la pareja de la foto de boda, de austero traje él y vaporoso organdí ella…  allí también estaban los sueños que alcanzaron unos o los que quedaron incumplidos para otros. Lo cierto es que todos habían acabado en aquella caja como si se tratara de un muestrario del olvido, el desafecto y la intrascendencia a la espera de que algún chiflado como yo los acogiera en el museo de la morriña. Pero resulta que esa tristeza siempre me abruma, así que allí los dejé, entre los dedos de otro rebuscador de sueños o nostalgias, mientras Pablito Calvo seguía en la portada extendiendo su mano con el trozo de pan que ofrecía al crucificado a la espera del milagro por parte de los espectadores que, dicho sea de paso, no paraban de comer pipas sentados en aquellas sillas de enea del cine de verano, para disfrute de alguna que otra hematófaga chinche.
Con todo, eran tiempos de sueños, por mucho que hoy chinche. Pero ¿qué son los sueños?
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A la vuelta de mi rastrense paseo, y tras una mañana sin carga destacable, me acoge para un descanso la paz de San Millán y San Cayetano, iglesia de cien avatares entre Mendizábal, gabachos e incendiarios del 36 pro “un mundo mejor”.
Mi fe es ya muy débil, pero al ver a un Cristo lacerado, busco a Marcelino entre los bancos solitarios. El Cristo no porta la cruz, está sujeto a ella que se yergue a su lado, clavada al suelo donde se retuerce una serpiente de infernales fauces. Bajo su pie izquierdo me llama la atención un cráneo. Pienso en la representación simbólica que el artista quiso transmitir. Me aventuro a pensar que el hombre-dios o Dios hecho hombre, humillado, vejado, lleno de llagas tras los azotes, finalmente y en esa actitud, demostraba haber vencido a la muerte. Y todo aquel sufrimiento lo hacía por la humanidad en un acto redentor.
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Cristo de Serradilla en San Millán y San Cayetano de Madrid. Foto de la web de la Parroquia del mismo nombre.
Un turista ha entrado, se pasea por la solitaria iglesia y fotografía cuanto le atrae. Se para ante el Cristo de Serradilla (que así se llama al que contemplo, copia del tan reconocido en este pueblo extremeño). Fotos de frente, de perfil, más cerca, más lejos... en alguna debo haber salido. Seguro. A Marcelino también le ha fastidiado esta intrusión que casi rompe la magia.
A veces, una iglesia abierta, para quienes antaño vivimos en la religión cotidiana, la de andar por casa, la ya olvidada de ir a misa los domingos y fiestas de guardar, o la de 
confesar los pecados al menos una vez al año y comulgar por Pascua florida... no comer carne los viernes de cuaresma... y la de tantos olvidos..., a veces, digo, una iglesia abierta, nos brinda la oportunidad de la meditación. 
En este momento, solo estamos mi imaginado Marcelino y yo. Bueno, y el turista, que a estas alturas debe haber llenado de megas la tarjeta de almacenamiento de la cámara con unas fotos que se perderán en el ciberespacio sin, ni siquiera, tener la posibilidad de verlas en un puesto del Rastro, aunque mejor así, que trascender para eso... mejor diluirse en píxeles.

Me quedo un rato más ante esta imagen de muerte y
resurrección pues, aunque trágica, es más esperanzadora que las otras de la mañana, algunas hasta en papel baritado o a la albúmina, nada importaba porque ya os dije que todas yacían en aquella caja a modo de féretro, eternamente muertas en el olvido.

Miro a mi alrededor. Ya no hay nadie. Aun así tengo la sensación de que no estoy solo, pero ni a Marcelino percibo. La potencia del momento me conmueve, sin embargo y al instante, mi mente me traiciona, en vez de una oración se acerca Segismundo con lo que le sopla al oído Calderón:
(...)
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Salgo, el bullicio dominguero termina por romper con todo. Poco más allá me atrae un rótulo en un portal: MEDITACIÓN PARA SER FELIZ

Taller de meditación y mindfullness.
Curso de meditación Zen. 


Y me da por preguntarme que a dónde habría ido Marcelino, en este tiempo que hoy vivo, para recuperarse del dolor por la pérdida de su madre. ¿También al cielo o habría preferido este taller de MEDITACIÓN PARA SER FELIZ?

​Nuevos tiempos.
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LA ÚLTIMA VEZ QUE JUGUÉ A LA LIMA

1/11/2023

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Tomás L. Chaves Antolín

(Ilustraciones Tau Cruz)

Dedicado a los amigos que  se fueron demasiado pronto a jugar por esos cielos de Dios.
Pepe Neyra, Carlos, Vale, Gaudencio, Celes, Luis, Marcelino, Anselmo, Joselín, Andrés, Juani, …

Antes de entrar en el relato daré  un apunte para quienes no sepan de qué iba EL JUEGO DE LA LIMA.
Como tantos juegos de calle de una infancia sin depredadores tecnológicos, mentales o físicos, LA LIMA era uno de aquellos divertidos juegos estacionales. Sí, porque los había para cada estación del año y su circunstancia. En concreto, este, requería suelos de tierra con la humedad adecuada. Por tanto, con las primeras lluvias otoñales, las desechadas limas de los talleres se convertían en auténticos tesoros. También se le conocía por EL TRIÁNGULO, dada la forma del mencionado instrumental.
Por otras zonas tenía su complejidad con reglas cuasi federativas, pero en mi pueblo (y ojo, en aquel tiempo, porque después al parecer se sofisticaron) íbamos directos al grano.
Se comenzaba marcando un rectángulo en el suelo con la punta de la lima. Las dimensiones eran indeterminadas aunque no solía pasar de un metro por sesenta centímetros, más o menos, a partir de ahí los jugadores, al caso el jugador que le tocaba primero y dentro de esta “cancha”, lanzaba la lima para hincarla y desde ese punto trazaba el territorio conquistado y así sucesivamente, cuanto más pequeño era el espacio que le quedaba por conquistar (dentro del que tenías que tirar la lima) más posibilidades de errar... y así hasta que fallaba por clavarla en lo conquistado, fuera del campo o en línea, dando paso al siguiente contrincante. Ganabas cuando ya no cabía el pie en el espacio; en esos momentos finales, era cierto el riesgo de accidente. Menos mal que el invierno no era época de alpargatas sino de aquellas duras botas de cuero y con tachuelas, que el zapatero Carrasco hacía a medida, eso si eras el mayor de los hermanos, si no, te venían heredadas... hasta de primos o vecinos, que éramos "mu" 
ecologistas "in illo tempore".
Y ahora, ya os cuento una de aquellas tardes de un noviembre de los años cincuenta del pasado siglo... y algo más.

- Niños, quitaos de ahí que como se me escape la plancha vais a salir perjudicados más de uno.
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Y así podía ser, porque Josefa, cada día y justamente a las seis de la tarde, comenzaba a  encender el carbón de aquel artilugio balanceándolo con energía y alternando el brazo derecho con el izquierdo, en los 180⁰ o más que la articulación le permitiera.
Cuatro casas más allá otra vecina se empeña en la misma tarea. Sí, es la hora de la plancha.
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- Nosotros estábamos aquí antes que usted – le dijo Jaime, el más descarado de los chiquillos que jugaban a la lima en el empapado suelo por las recientes lluvias.

- Oye, qué fresco eres Jaimillo… Anda y sal de ahí pero ya, que te voy  dar dos azotes en el culo antes de que te los de tu madre.

Finalmente optaron por moverse una casa por cima, y al poco la vecina Luisa sale a encender el brasero… al igual que otras de la calle.

- Niños echarse pa un lao que como le deis al brasero vamos a tener capea.

- Señá Luisa – de nuevo Jaime – póngase usted más allá que nosotros estábamos aquí primero.

- ¿Vosotros aquí primero? ¡Qué puñeteros niños! ¿Cuándo habéis llegao vosotros? -Interroga apremiante ella, sin mirarlos, mientras echa el cisco en el recipiente metálico, lo acumula en forma cónica con la badila, pone unos palitos sobre el cuidado montón y tras gastar media caja de cerillos lo prende, que el airecito que entra por el recodo de la calle hace embudo y no hay manera -

- Pues hace un rato grande – contesta ahora Antoñín -

- Embustero -interviene Josefa que ya tiene al rojo vivo la suela de la plancha con tanto meneo - acabo de echarlos yo de mi puerta.

- Buenooo… - de nuevo la señá Luisa - pero si yo llevo aquí ochenta años y ni me he movido del sitio.

- Eso no es verdad y mentir es pecado – dice Ricardín, el más modosito – que lo ha dicho don Pedro el cura en la misa del domingo pasao.

Con la conversación, nadie se ha dado cuenta de la presencia que se aproxima. Carmen, con un cántaro en el cuadril, y otro sobre la cabeza en profesional equilibrio, también interviene, sin percatarse que el sacerdote la precede a pocos pasos.

-¡Qué sabrá el cura de pecaos! - comenta riendo, a lo que Josefa responde de inmediato con una sonora carcajada, ante el panorama.

-¿Que no sabe? - Anda que no, ese sabe más que tú y que yo… ¿Verdad Don Pedro?

- Buenas tardes Josefa y la compaña.

El apuro de la portadora de los cantaros casi provoca un accidente al oír la voz detrás de ella.

- ¡Ay por Dios, usted perdone!

Las risas son contagiosas mientras el ministro del Señor les contesta socarrón.

-Tenéis razón las dos, eso sí, mañana os quiero ver comulgando y limpias de pecado.
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Los pequeños parece que están a lo suyo pero en ese momento es preceptivo besar la mano del párroco, aunque este, recién terminado el seminario, se apura con el agasajo y amablemente los elude cuanto puede.
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Carmen tampoco da pie con bola.
- Pero joios po larma, echaros pa un lao, verás que… me vais a clavar la lima en un pie. Anda iros más allá que estáis en la puñetera puerta y… no, si me caeré con cántaro y tó. Vamos, tu y tu hermano a recogerse.
Buenas noches Don Pedro.
​Y sin jaleo que la hermanita está dormida.

​Sí, la tarde cae y la noche se viene encima con el aire de aquel frío día de noviembre oliendo a braseros y chimeneas, a tufo acallado por la alhucema, a carbón de las planchas venteadas en las puertas de la calle, a molienda  de aceitunas… y a puchero de achicoria.

De la sierra bajan los últimos hombres con sus bestias cargadas de sacos llenos del fruto del olivo y hace rato que volvieron las cogeoras, a las que aún queda día en las tareas del hogar.

Un escamondao no es suficiente para sacar el tinte de las maduras gordales, picudas y hojiblancas, de los dedos y manos. Y hasta con asperón y estropajo tiene que ser hoy, que mañana es domingo y hay que estar un poquito presentable para ir a misa… ¡y comulgar!

Robledo se asoma a la puerta con el pelo mojado y secándolo con una toalla reclama a su vástago.

- Niño, pa dentro ¡ya! que hace una semana que no te lavas y hoy te toca. Vengaaaa, que tengo la olla en la candela y el lagarto esperándote. Y vosotros a vuestra puñetera casa que están bajando los lobos de la sierra a comerse a los niños desobedientes.

- Mamá, que no se pueden decir mentiras – insiste Ricardín-

- Andaaa, meste vé, me parece que tú vas pa cura con tantos sermones a tor mundo. ¡Hala, pa dentro y déjate de pamplinas!

- Ofú mamá, es que las vecinas no nos han dejao jugar a la limaaa... – Se lamenta.

- Han hecho bien. No te lo voy a repetir, pa dentro ya pero ya. Y tú, Josefa, deja de aventar la plancha que se te va a alargar el

brazo y te quedarán cortas las mangas. ¡Qué mujé! Poquitas ganas tienes tú hoy de planchao.

- Tienes razón, ninguna, pero pa algo me dará lo que queda de día. Y calla ya puñetera, que estás siempre despotricando.

- Ea, que descanséis – dice la señá Luisa cogiendo las asas del brasero con dos manoplas disponiéndose a entrar en su casa- 
​

- ¿Descansar? – le contesta Josefa – pues no
 me queda a mi plancha hasta acostarme… Y
Antonio ¿cómo anda?


- Andar anda poco el pobre mío. Está mu incapá pero la cabeza la tiene mu bien. Son 90 años ya Josefa, 90.

- Bueno mujé, pero no teniendo otros males se puede con tó. He echao dos puñaos más de garbanzos, así que mañana os paso unos platos de cocido con tos sus avíos. Y ya sabe usted, cualquier cosa me da una voz por el corral y me acerco.

- Y tú, Jaimillo, ajila pa dentro.

- Ojú madre – dice el aludido encorvado y con los brazos colgando- si ni siquiera nos habéis dejao jugaaaar…

-Mira, no te pongas amanglanao que me da mucho coraje.

- Gracias hija, Dios te lo pague. Ay, estos niños, no les quea na que pasá…, voy pa dentro yo también Jaimillo, y recógete antes que a tu madre le dé el avenate. Buenas noches.

Los demás chavales comienzan a retirarse también, y en boca de todos se oye el mismo lamento al que tarde o temprano habrá que dar solución:


- Otro día sin poder jugar a la lima.

- ¡Y encima dicen que van a adoquinar la calle! ¿Qué vamos a hacer?

- Pues irnos del pueblo.

- Eso, como mi padre, que dice que en cuanto ponga el camión a punto se va a trabajar a Barcelona, seguro que allí nos dejan jugar a la lima.

- No sé yo si aquello ya estará lleno de adoquines.

- ¿Tú crees?

- El mío se va a Alemania… ¡anda que pa adoquiná Alemania con lo grande que es…

- ¡Y lo lejos que está para llevar allí los adoquines desde el pueblo! Que yo lo he visto en el mapa -argumenta Antoñín que bien sabe de eso, para algo es hijo de picapedrero y autoridad en la materia.

- Pues mí tía Eloísa se ha ido a Vigo.

- ¿Y dónde está Vigo?

- Mi abuela dice que más allá de Barcelona.

- Uff...!

Y en esas, entre viajes, planchas, limas, adoquines que los habrá, o no, y días pasados por agua o sol, la vida sigue.

No pasó tanto tiempo en que el padre de Manolín se fuera a Barcelona, y muchos más también lo hicieron en aquella diáspora, el mío se las apañó sin emigrar.

“El Catalán” le llamaban al tren cuando iba parriba y “El Sevillano” cuando venía pabajo. Manolo vino al año, cargó su camión con los cuatro muebles que había en la casa, los somiers, colchones, la ropa, dos garrafas de arroba de aceite de oliva, un saco de garbanzos, chacinas… y pallá arriba que se fue con toa la familia… incluido, claro está, mi amigo Manolín.

Estas partidas hacia lo desconocido solían ser de madrugada, pues no era poco el camino hasta “la tierra prometida”.

No hubo manera de que cargara el lebrillo de lavar por mucho que Carmen le insistió. No podía entender que no cupiera donde iban a vivir. Sabrá Dios donde nos lleva, le decía a sus vecinas, compungidas con tantas despedidas.
-¿Dónde te voy a llevar mujer? Pues a un piso con lavadora y todo. Como una reina vas a estar.

- Bru dice que se llama – comenta entre la tertulianas que por nada la dejarían sola en semejante momento – Mira, esta es – y les muestra la portada del folleto que le ha traído en el que se ve el dibujo del rostro de una joven feliz a modo de introducción.

- Uy, pues ten cuidao que allí son mu frescas y tú marío se lía con la Bru y te deja plantá.

- Anda joía, ¡si eso es una máquina de lavá! – y las risas relajan el ambiente de la despedida.

- Oye, perdona Manolo, que ya estaba yo malpensado… -argumenta Robledo- que hay que ponerle un poquito de guasa a la pena pa no morí de ella.
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Aquel camión, un Ford V8 olvidado en una de las naves de la mina, se salvó de la guerra nadie sabe cómo, y pasados los años volvió a la vida gracias al tesón de Manolo. Pero poca vida tenía en el pueblo, así que con él partió para Barcelona. Y no le fue mal. Volvió  un año después impecable, recién pintado y con tan hermoso rótulo luciendo Transportes MayCar que parecía tan elegante como su dueño con aquella ajustada cazadora de cuero que parecía un aviador. El interior era fascinante con los medidores en esfera metálicas sobre el negro brillante del salpicadero y cuatro óvalos enmarcando las fotos de los hijos y de Carmen su mujer. Del espejo retrovisor colgaba una gran medalla con la imagen de la Patrona de nuestro pueblo. Y el asiento corrido me pareció inmenso cuando me lo enseñó Perico, orgulloso de aquel monstruo, sin saber que era el inicio de la gran empresa de transportes que finalmente él dirigiría cuando su padre agotó su ciclo vital. ¡Cuánto trabajo hubo detrás de tanto éxito!
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El motor del viejo camión está en marcha y al completo de incógnitas por cuantos ya lo ocupan. Las ruedas que me parecían inmensas se unen al rugido y todo empieza a rodar. Las manos salen por las ventanillas dejando atrás los adioses como estelas que llegan a las caras compungidas de los que ya se ven pequeñitos en el retrovisor. En un abrir y cerrar de ojos vuelve la esquina y allí queda otro hueco vacío, uno más en aquel pueblo que iba perdiendo vida con cada vida que partía, y ya eran muchas.

Manolín se situó a la derecha de su padre junto al cambio de marchas, a su lado Carmen con la pequeña en brazos y después Perico, el mediano, todos con los ojos bien abiertos, atentos al horizonte de la mañana, amanecida con la esperanza de una vida mejor, pero repleta de inquietudes.

El sol lucia pero fue un día triste, otro más, ni Perico ni Manolín volvieron a mi escuela.

¡... cómo se pasa la vida…! Que decía Jorge Manrique.

A Manolín no lo volví a ver hasta que hizo la mili. Allí, en Intendencia, frente a los Jardines de Murillo me lo encontré. ¡Qué potra! Oí su nombre y apellidos pero casi no lo reconocía con aquel bigotito. Yo llevaba ya un año porque me fui voluntario. De mecánico estuve. Y se me ocurrió coger una lima del taller, tal que lo vi me acerco a él, sin decir nada hago un rectángulo con ella en el suelo y entregándosela le digo: toma, te toca.
El abrazo que nos dimos casi nos parte las costillas. Sin habla nos quedamos y con las lágrimas deseando salir. Y salieron.

No le fue mal la vida a Manolín y no fueron pocas las veces que en los años siguientes nos vimos en el pueblo, por su profesión, facilidades tenía para ello.

Entre sus pesares, no entendía que de sus tres hijos, la niña, que nació allí como los dos varones, renegaba de cuanto él dejó atrás y le increpaba por no haber aprendido catalán “al fin y al cabo… ¡eras un niño cuando te llevaron!... Ya ves tú lo que dejarías en este pueblucho para añorarlo tanto… y dejarnos allí en cuanto te jubilaste”. Esto les oía en la última feria cuando vinieron todos los hijos con sus nietos. No, no se callaba el ya abuelo y respuesta tuvo para su hija aunque no se ensañó: “Bien colocaos que os dejé y hasta con el AVE funcionando”.
Contestación adecuada, pensé, más aún viniendo del que fuera empleado de Renfe tan bien posicionado.

Sin duda la niña quería con locura a su padre y él no menos a ella, pero lo llevaban a su buen entender. Era el único que la llamaba Carmelita pese al rictus de Carma cada vez que en público oía semejante diminutivo. Aquello debía ser demasiado para la doctora Carmen Domínguez Cuesta… conocida en su hospital por Carma Diuminge Costa.

Me lo dijo meses antes de este fatídico día: la vida, y no mi padre, me arrancó de esta tierra pero esta hija mía, que quiere la independencia para su país, como llama a Cataluña, no me saca de aquí ni muerto.
​Y a ti, a Jaimillo, Ricardo, Juan, a Antonio y a los demás os pido por favor que, en cuanto se asiente la tierra que echen sobre el ataúd, organicéis una partida “in situ” y dejéis allí la lima conmigo.

Prometido, le dije entre risas, mientras todos porfiábamos por quién sería el primero en tomar el camino de los cipreses. Sobre el velador quedó el cerco de los vasos de aquel brindis sin alcohol y las fichas del dominó, que para la ocasión le dejó ahorcado el seis doble… quedando pendiente la revancha.

Y ahí va hoy, delante. Mientras, a mi mente llegan tantos recuerdos compartidos, que los amigos ya le añoramos. A su viuda se lo he comentado y me ha sorprendido con el ruego de hacerlo, pues fue de las últimas cosas que le dijo antes de su adiós, además de que ni se le ocurriera cambiar el nombre de su hija en la lápida, si es que en ella decidía mencionar a sus deudos, que para carma la que él iba a tener, le dijo. Y si protestaba, que le enseñara la partida de bautismo.
​

Hasta pronto amigo, querido amigo, en unos días echaremos esa partida a la lima y allí quedará eternamente contigo a la espera de volvernos a encontrar y retomar el juego.
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DEL BAPTISTERIO AL CAMPOSANTO

28/2/2023

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Antes de la pandemia del Covid, visitando el museo de Navarra en Pamplona, descubrí este cuadro y  a su pintor:​ Un viático en el Baztan, realizado por Javier Ciga en 1917  y  considerada una de las obras maestras del artista navarro.  Me causó profunda impresión, aparte de por la maestría de su posromanticismo realista, porque refleja de forma nítida una de mis vivencias infantiles. 
Cuatro variable anoto de diferencia con aquel recuerdo:  la puerta de aquella humilde casa de mi pueblo era más pequeña, la sotana del monaguillo del cuadro es roja, la mía negra, no llevaba farol y tampoco había velas.
​Con estas anotaciones os dejo uno más de los RELATOS INTRASCENDENTES de mi infancia, donde he intentado pintar "mi cuadro".  Espero que os guste.

Un bautizo era siempre motivo de alegría y aquel, de María del Carmen, fue el primero al que asistí oficialmente sosteniendo la palmatoria y muy pendiente de cuanto un monaguillo, en tal menester, ha de ocuparse, que la verdad… no era mucho. Pero me gustó mi sencillo papel rodeado de las caras felices y sonrientes de los padrinos, la familia y la sorpresa de la pequeña al recibir el agua bendita, que la convertía en nueva cristiana con aquel primer sacramento.
Ni que decir tiene, que la generosidad del padrino era repartida entre los cuatro que éramos, aunque en la ocasión yo fuera el "oficiante" y por ende depositario.

​Desde que tuve uso de razón, había visto pasar delante de mi casa y en múltiples ocasiones, el reducido cortejo de tintineante sonido, que me causaba tanto respeto, aunque no entendía muy bien cuál era el destino. Pasado el tiempo, aquel día, el que hacía sonar la campanilla era yo detrás del sacristán y al lado de Don Antonio el cura, portando, bajo el bordado paño de hombros, la Eucaristía guardada en el pequeño portaviático.
El destino era una humilde casa en una humilde calle. Traspasamos el dintel y nada más entrar, a la izquierda, yacía sobre un camastro un anciano que, por su aspecto, pude entender que sería la primera persona en darme noción del “más allá”.

​Tres mujeres de escalonadas edades, envueltas en prendas negras y con sendos mantones de una vida de lutos interminables, se levantaron al unísono de sus sillas de enea. Las acompañaba un hombre también de avanzada edad. Todos se arrodillan mientras se santiguan y el sacerdote se inclina sentándose en el filo de la cama del moribundo, previo a depositar los signos de la salvación del alma en la mesita cubierta con un blanquísimo paño de bordados motivos, y donde ya el sacristán ha dejado los Santos Óleos.

Don Antonio le toca la frente y el anciano esboza una pacífica sonrisa seguida de un susurro que, en aquel silencio, se percibe como una despedida. El rostro enjuto va adquiriendo paz, los surcos dejados por la vida se relajan, y el sudor de tantas jornadas “a lo que salga” se llevará a la tumba la marca eterna de la pobreza irredenta generación tras generación.
- Pero tenemos nuestra casita -le decía a su mujer en los duros momentos en que la faena menguaba-
Y ella, buena administradora, que por obligación ha de serlo quien en lo poco vive, le daba en su frente un casto beso.

- Rosario, debías haberme avisado con más tiempo -le dice nuestro cura en voz baja ante la imposibilidad de administrarle la comunión-
- Anoche preguntaba por sus hijos, Don Antonio -respondía la anciana esposa entre contenidas lágrimas- de camino están los varones, pero la niña y la nieta están aquí contigo, le dije. Y  a partir de ahí es como si se durmiera hasta que ha llegado usted. Paca, mi vecina, se acercó ayer por la mañana y le avisó pero…
- No pasa nada, ahora recemos por su tránsito en la paz de Dios.
- Por la tarde iba a llegarse mi hija, pero me dijeron que tenía usted un bautizo...
- Habría venido Rosario, pero no te apures más, a él lo acogerá el Señor con comunión o sin comunión.

Dichas estas palabras, tomó los Santos Óleos y ungiendo frente y manos, dio a Santiago la extremaunción. 
El sentido Credo comenzado por el sacerdote y rezado en tan pequeña estancia, me conmovió sobremanera “…el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amen."



Sin inmutarme, volví a coger la campanilla. No sentí miedo, temor o angustia al presenciar tan de cerca su partida… todo había transcurrido de forma natural y en paz ¿Así era el morir? ¿Mis nueve años no alcanzaban semejante trascendencia? Me pareció como si todo estuviera sincronizado.
​¿El alma? ¿la resurrección de la carne? ¿la vida eterna? La fe. Amen.


Saliendo de la casa, dejamos atrás la voz del hombre que había permanecido de pie, silencioso, observándolo todo y ahora posaba sus manos sobre las del difunto: adiós, hermano, descansa en paz.
Los llantos contenidos de las tres mujeres se unían al murmullo de las vecinas en la calle, que acudían al consuelo ante la pérdida de “un buen hombre”, “qué lástima, los hijos no van a llegar para despedirse de su padre” “El mayor viene de Barcelona” “Sí, los otros dos estaban en la siega en la campiña de Córdoba”… “Es la vida…”


A la ida volaban los interrogantes sobre el destino de nuestra misión, de vuelta a la iglesia, ya era sabido por todo el vecindario quién estaba en el trance del bien morir. De este modo, las reverencias llevaban aparejadas caras acorde a la circunstancias y hasta el monaguillo imprimía una cadencia más pausada al toque de la campanilla. Sus otros tres compañeros, enfilaban hacia las cuerdas de las campanas para hacer sonar el toque a difuntos: Dooon…, diiin…, daaan… Din, din.

Al día siguiente, Santiago, también traspasaba, y por última vez, el dintel de aquel su modesto hogar, asido el sencillo ataúd por cuatro amigos de afanes y julepes de perra gorda. Allá al fondo, en la diminuta cuadra, aún permanecía Lucero, el burrito que le llevaba jornada tras jornada al tajo y después de vuelta a casa; en el rincón del patinillo, las botas de tachuelas reposaban junto al palanganero y su palangana donde Santiago, cada tarde, había hecho las abluciones de tantos sudores seculares. Esas botas, teñidas del polvo rojizo de los campos saturados de óxido de hierro, quedaron abiertas, con sus cordones sueltos en una espera eterna en la que ya permanecerán para siempre, como si de una antigua foto se tratara y sin poder hundirse nunca más en el surco del arado de tierra ajena. Una tierra que ahora, por siempre suya y en breve lo cubriría, fundiéndose con él en un solo ente universal.

El olor a eucalipto aromatizó su despedida triunfal hacia la prometida mejor vida y lo acompañó en todo el recorrido, a hombros, por el paseo de tan majestuosos árboles camino del camposanto. La brisa de aquella tarde de verano bajaba de la sierra y resultaba agradable, aunque apagara las velas de los ciriales, uno de los cuales portaba yo. Detrás de nosotros, oyendo el sordo murmullo del nutrido cortejo fúnebre, aventuré a pensar que daban cuenta de las bondades del difunto.

Hasta las primeras espigas de aquel verano, ya doradas, pudo llegar la vida terrenal de Santiago y alguien, que bien debía conocerlo, puso un manojo entrelazado en los brazos del Cristo en la cruz, anclado sobre la tapa del féretro que, poco a poco, las paladas de la que sería por siempre su tierra, iba cubriendo para acompañarle en el eterno descanso. Ni duda me cabe que de los granos de aquellas espigas saldrían otras, y otras... y así hasta el fin de los tiempos. 

Al cierre de los dos días, y en mi inocencia, sentí que había sido partícipe de algo trascendente y que, de pronto, me había hecho mayor. Ante mi, y tan de cerca, habían pasado el principio y el final de la vida, y eso debía ser importante. Al menos me lo pareció.

Larga y gozosa vida a María del Carmen.
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EL HOMBRE DESPLEGABLE (Pequeña anécdota de un domingo en el Rastro)

16/10/2022

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Tau Cruz
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Hoy debe haber sido un buen día para pasear por el Rastro y lo echo de menos, pero cogeré de la mano al HOMBRE DESPLEGABLE y evocaré el momento en que nos encontramos… no hace tantos años, detrás de los cachivaches que se amontonaban en el suelo de la calle, y tras una puerta entreabierta donde se vislumbraban otros mundos. Traspasé aque
l dintel con permiso de su dueño y no fue poca la sorpresa. Era otra dimensión, oculta, eso sí, a las miradas del paseante habitual y diría que en un caos mayor que el del exterior, pero donde era más fácil posar la mirada en cosas de mi interés. Buscaba libros y objetos para mi ecléctica colección al tiempo que para dotar al que finalmente sería el MUSEO DE LA ESCRITURA en El Pedroso(Sevilla). Y allí estaba, en una desvencijada estantería, entre el tomo IV de la III edición de 1737 del TEATRO CRÍTICO UNIVERSAL de Fr. Benito Jerónimo Feijooó y un viejo, completo y bien conservado ÁLBUM DE NESTLÉ. 
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Lo extraje con cuidado, pues su portada impresa y sin ninguna protección podía sufrir daños irreversibles. Lucía radiante y esplendoroso EL HOMBRE, representación gráfica de su estructura, en cinco láminas sobrepuestas.
-Encuentras algo? - oigo a mi espalda el esforzado vozarrón del dueño de aquella cueva del tesoro, mientras extrae lo que me parece un yugo que en difícil equilibrio formaba parte de semejante caos. Al sacarlo, la bujía de luz se estremece, haciendo que las sombras proyectadas den vida a tanta historia. Espero un momento a que termine el trato con el seguro comprador. La bujía calma su oscilación lentamente y las sombras que se cernían amenazadoras dan paso a que, finalmente, cliente y vendedor aúnen el ritmo, saliendo como ungidos con la pesada carga.
-Tu sigue ahí sin prisas. Pero no salgas con las manos vacías. - Me alienta tras el terremoto y aún saliendo ambos por la puerta en semejante ayuntamiento.
Y no, no saldré de vacío. Al abrir el extraño formato vertical de 43 x 19 cm. de pocas hojas y con un bigotudo señor en portada, abierto su pecho cual expoliada momia egipcia, quedé estupefacto, emocionado, y sorprendido de que aquel desplegable anatómico, fuera tan exhaustivo y estuviera en tan perfectas condiciones. Una auténtica obra de arte en el mundo de la impresión y el troquelado; todo se muestra independiente y conforme voy levantando órganos, el siguiente oculta al que le precede y así hasta… ¡qué maravilla! El corazón parece latir como el mío y como el del arqueólogo ante un hallazgo... y mucho más que el de un buscador de setas ante un roal de idems, que también sé de ello. Me calmo, ojeo otros ejemplares y objetos a mi alrededor y allí, apilado, aparece GIL BLAS DE SANTILLANA del francés René Lesage obra que finalizó en 1735 y es considerada la última gran novela picaresca de la época. El ejemplar que está en mis manos es de 1892 y su gran numero de

ilustraciones impresas en huecograbado y sobreimpresa en tinta oro, ya merece que se venga conmigo, ¿su estado? Muy aceptable.

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Y sigo admirando a mi hombre en todo su esplendor anatómico. La edición es de 1902. Busco en el móvil al editor “...Bailly-Baillière fue una librería editorial establecida en Madrid en 1848 por Charles Bailly-Baillière, como filial en España de la editorial del mismo nombre fundada en Francia por su padre...”
-Estoy seguro que vamos a llegar a un acuerdo – le digo a mi hospedador, pues por el tiempo que llevo allí dentro más parezco un huésped que un comprador. Y de eso me valgo para empezar a negociar.
¿Alquilas habitaciones? Le digo, rompiendo el hielo con humor; y es que, por mi, me quedaba registrando en aquel magma del pasado.
- Pues nada, te dejo las llaves y nos vemos el próximo domingo – me contesta. Y sacándolas del bolsillo, las pone sobre una bandejita y me las ofrece con gesto de simpatía y amabilidad.
-Anda llévatelo que me parece que te ha gustado el muchaco.
- No me desagrada, no – le digo – pero tendré que buscarle pareja.
- Pues de aquí saldrá soltero, que no estoy yo para compromisos.
Finalmente y aunque sin pareja, que aún ando en ello pues se resiste, se unieron a “mi hombre”, Don Gil Blas de Santillana y Fray Benito con sus disquisiciones, endulzándolo todo Nestlé desde su álbum de los años 30.
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De este modo, la negociación transcurrió dentro de lo más propicio para ambas partes, así que, sabiendo donde estamos y hasta donde llegamos, todo fue fácil y la felicidad por salir de una buena partida de viejo se compensa con la de conseguir la emoción de recuperar parte de nuestra historia, que tan adecuadamente preservó el chamarilero y ¡a qué precio!.

Gracias a cuanto vendedores del Rastro (el madrileño y tantos otros) hacen que esas, y muchas otras historias, no se conviertan en basura.
Y cómo no, al amigo Fernando Aguado, que con su puntual información y fotos de la jornada nos tiene al día a los ausentes.
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Pulsa AQUÍ para recorrer EL RASTRO con este mapa
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DE COMO PASÉ DE MONAGUILLO A PECADOR.

25/8/2021

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-Mañana debutas.
De esta forma tan somera me anunció Blas lo que en principio no entendí.
De modo que si hoy era sábado “mañana” era domingo… y aunque lo suponía, mi cara debió reflejar la necesidad de más datos.
- 
Que mañana te estrenas a las diez con Don Antonio.
- ¿Y el toque de las campanas?
- No te preocupes por los toques, ya tienes sustituto.
Lo deseaba, pero la inquietud no me salió del cuerpo en todo el día y por la noche tampoco fue fácil coger el sueño.
Bien temprano, mi madre no hace más que instruirme mientras yo insisto en lo preparado que me sentía.
-...pero tu escucha lo que digo y haz caso de lo que te dice tu madre. 
Vamos venga, que te duermes, ponte los zapatos Gorila nuevos, muy bien eso es. Ahora la sotana, venga que se hace tarde,  y ahora el roquete. Uy, me parece que me he pasado con el almidón en el roquete -observó ella-.
Todo estaba a punto pero, efectivamente, había un exceso de almidón en esta última prenda que entró por mi cabeza como si de una armadura se tratara. De este modo, los pocos pasos que separaban la iglesia de mi casa, fueron acompañados como de un ligero crujir, pero me gustaba, daba más prestancia al atuendo.
Y llegado el momento, contemplé con cierto respeto la gran concurrencia, incluidos los familiares que asistían a mi debut. Comenzamos y todo iba bien hasta que cogí la campanilla con la mano izquierda mientras, arrodillado, levantaba la parte baja de la casulla con la derecha e intentaba el enérgico repique, propio del momento de la consagración. No había manera, al ser diestro aquello mas bien resultaba la esquila de un borrego que pace en verde prado, de modo que decidí, sobre la marcha, lo que parecía imposible, y cuando Don Antonio elevaba el cáliz, ya me había pasado al otro lado andando de rodillas; ahora la izquierda levantaba con soltura la casulla y mi mano derecha agitaba con energía y revuelo la sonora campanilla. Tal sería, que el sacerdote, ya con el vaso sagrado sobre el altar, volvió la cabeza de soslayo y me miró sonriente. Eso me salvó de la reprimenda del aspirante a sacristán que solo quedó en “ay… Tomasín Tomasín…”. Odiaba ese diminutivo y Blas lo sabía, así que una cosa por otra en aquel mi estreno de ayudante de misa como monaguillo.

Tal hecho, el de ayudar a misa, suponía también ascender de categoría, no solo pulular como pidiendo que te dejaran subir a la torre para los repiques o toques de misa o difuntos…  La cuestión es que ese ascenso no podía venir antes de hacer la primera comunión, por tanto, debió suceder sobre mediados del mes de junio de 1956.
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El nuevo estatus conllevaba una mayor confianza con el cura, pero el inconveniente estaba en que tenías que confesarte con él, no había otra, mejor dicho, otro. Así que la segunda vez que lo hice (la anterior fue para la primera comunión) fue de incógnito, con el predicador que llegaba al pueblo para la novena de la Patrona.
No, no me resultaba fácil confesarme, por tanto, lo mejor era no tener pecados.

Y bien hacía ante lo que vaticinaba aquel dibujo de los acueductos del "devocionario para niños Mi Jesús". En realidad eran puentes de diez arcos y lo suficientemente explicativos como para andarse con cuidado. A un lado de la página estaba el puente de los virtuosos y al otro el de los pecadores. Cada arco era un mandamiento y, en el primer caso, por encima circulaban sin riesgo los observantes que llegaban directos al Cielo. En la página derecha, el mismo puente se iba destruyendo al paso de los pecadores, desgraciados viandantes que se veían abocados al abismo infernal engullidos, previamente, por las agitadas aguas. Terrible.
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Todo fue expedito en esa segunda confesión, pero la tercera se precipitó nada más empezar el curso. Y esta vez tenía que ser Don Antonio, con el agravante de que la cosa iba del sexto mandamiento ¡como mínimo! Así que no habiendo otra…
- Ave María purísima.
- Sin pecado concebida.
- Pues verá, don Antonio, he pecado contra el quinto mandamiento -dije queriendo evitar más explicaciones que por escabrosas me debieron parecer innecesarias-.
- ¿Contra el quinto mandamiento? A ver, levanta la cabeza y mírame. ¿Tú te sabes los diez mandamientos?
- Pues claro -dije al tiempo que, mirándole, levantaba los hombros-.
- Entonces vamos, dímelos. 
A ello me puse y al describir el quinto me frenó de inmediato.
-
¡Para! Efectivamente, quinto mandamiento: no matarás ¿Has matado a alguien?
- Nooo. -Le contesté extrañado-.
- Bien, entonces continúa. -Y seguí recitando hasta llegar al diez-.
- ¿Ya está? -Me dijo cogiéndome por la barbilla para que levantara la cara.-
- Sí. -le contesté temeroso-.
- ¿Y porque no has parado en el mandamiento que has quebrantado?
- Es que usted no me ha dicho ¡para!
- ¿Y en cual tenía que decírtelo?
- No se, es que no está mi pecado entre los diez.
- Entonces si no está no le vamos a decir a Moisés que añada un apéndice para ti. ¿Vale? ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti…
​- Amen. ¿Y no tengo que rezar un credo, avemaría, padre nuestro…? -le pregunté extrañado.-​
- Sí, sí, reza uno de cada. Hala, y esta tarde a las cinco y media en la torre, que tenemos entierro de primera a las seis y antes tenéis que dar un buen toque de difuntos.

Ya, me equivoqué al decirle lo del quinto mandamiento. Fue sin intención. Pero no, no me quedé a gusto ni convencido por haber sido perdonado de un pecado que no estaba recogido en las tablas de la ley...

Y es que la cosa fue como sigue:
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Con aquellos ocho añitos, era Don Luis el maestro que encarrilaba nuestros pasos hasta llegar a Don Waldo, en el último curso. Nos instruía en la clase del centro, arriba de las queridas Escuelas Nuevas, en cuya ventana, también en la del centro de las tres, ondeaba “victoriosa al paso alegre de la paz” la bandera de tres franjas verticales, negra, roja y negra de Falange que, también en su color central, llevaba el yugo y las flechas, y
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no bordado en rojo ayer, si no en negro, que
más tarde entendí que el “rojo ayer” no era un matiz del rojo (así como... un rojo pálido) sino que al cantarlo, yo debía saltarme la coma tras el rojo y en realidad era que la bordó ayer en rojo, quien la bordara, o sea tú, y nunca supe quien fue, pero en la camisa, que no en la bandera, que esas cosas no te las explicaban.

Pero vamos a lo que vamos.


Las tardes las dedicaba Don Luis a que leyéramos en voz alta y por turnos el Quijote, es decir, cada uno leía una página y pasaba al siguiente alumno, con lo que no eran más de cuatro los lectores por tarde.
En sus andanzas iban el ingenioso hidalgo y su buen escudero, cuando mi compañero de banca (de cuyo nombre no quiero acordarme) púsose a cazar moscas y en teniendo la primera, dejó resbalar por sus labios una buena ración de saliva que, a lento caer, tomó tierra, o mejor madera, en el pupitre que a la sazón compartíamos. Hecho lo dicho y con cuidado, sacó al insecto del cuenco de su mano derecha y con pericia de cirujano arrancóle las alas, depositándolo suavemente en el espumoso y salivado charco donde la infeliz mosca comenzó un agitado e inútil intento de salvación.
Percibiendo el magister algo extraño en aquel nuestro paraje, acercóse por ver lo que no vería, pues reposaba bajo las  manos de mi amigo puestas, respetuosas y ahuecadamente, sobre el pupitre. De vuelta ya a su estrado Don Luis, mi compañero comienza a desabotonarse la bragueta mientras la mosca bordeaba el filo de “su charca”.
No salía de mi asombro cuando me solicita ayuda (mi amigo, claro).

- Métela para dentro, que no se escape. -Se refería a la mosca-.
- Métela tú que a mí me da asco.
Y en estas que, sacado el último botón del ojal, extrae su viril apéndice y repite el ensalivado aéreo que en un instante se desliza por la sensible, aflorante y no circuncidada punta y, presto, deposita en ella a la mosca que se debate entre las espesas burbujas.
De pronto y como por arte de magia, aquel pequeño gusanito se pone tan inhiesto que más pareciera la miniatura del mástil de nuestra bandera. Yo, azorado, sentí mi cara en rojo ayer, pues aún no sabía lo de que el tal rojo no era un pálido matiz.

- ¿Has visto? Te cojo una mosca y lo pruebas que da un gustito que no veas. -me dijo con sonrisa entre pícara y pánfila-.

No se por dónde andaría el caballero de la triste figura, pero menos mal que Don Luis, pasado el segundo lector, se encontraba ya con Morfeo, caída la cabeza sobre su pecho, sin más disimulo que sujetarse la brillante calva con la mano y apoyado el codo sobre su cátedra.

Descuidado por ello de ser descubiertos, quedaba entender cómo me libraría de la fatal caída desde el puente de los mandamientos, porque estaba claro que yo circulaba en esta vida junto a mi amigo el “mosquetero”  libidinoso, y eso implicaba el quebrantamiento seguro de alguno de aquellos arcos.
¿A ver? sí, deben ser el sexto y el octavo arco. ¿Qué hacer, si nada he hecho? Y de inmediato sentí al diablo en mi cabeza, refocilándose ante mis dudas al tiempo que oía las risas de la clase por el enfado de Don Quijote, que echaba en cara a Sancho la pestilencia de sus desahogos y lo ridículo de tener los calzones como sin fueran grilletes en los tobillos.

Se acabó la clase, y comenzó el griterío, miré a mi compañero que ya se reía con todos y todos de él porque tenía la bragueta abierta, pero yo, sumido como estaba en la duda, no pude participar del jolgorio.

Reflexioné y por fortuna, Don Antonio, en mi última confesión, me hizo recordar los diez mandamientos y efectivamente, no debía preocuparme porque no realicé acto impuro alguno ni de pensamiento, palabra u obra. Además, bien que hube de leerlos
después, y releí, para cerciorarme por si en algún recoveco algo decía sobre la vista y las moscas, que nada era de extrañar. Pero resultó ser que no, que mirar no era pecado pero sí bastante asquerosillo, aunque, la verdad, tampoco miré mucho y ni siquiera por no pecar.
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Y han de saber vuesas mercedes, que aquel toque a muertos salió más alegre de lo debido, y no vino ello porque los deudos del difunto aumentaran el óbolo por un entierro de primera, ni mosca alguna hubiéseme puesto la sonrisa pánfila de mi precoz amigo,  sino que por lo ya dicho, era seguro, me había salvado. ​

Pero ojo, desde aquella alta torre y sentado en el poyete del arco de la campana del "dan", al mirar abajo cuando pasaba el cortejo fúnebre,  sentí como si la plaza del pueblo estuviese agitada por un fuerte oleaje.
​Habría que andarse con cuidado.
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De cómo llegó el cambio climático a mi pueblo.

19/8/2021

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...coge el búcaro y ve a por agua fresquita del pozo pal gazpacho, decía mi madre poco antes de que estuviéramos en la mesa. Y allá que iba yo an ca mi tía Estefanía con aquel rojizo y curado tiesto de Salvatierra de los Barros (o de Guadalcanal, que también allí los hacían). Iba procurando la acera izquierda donde el solano ya parecía dejar espacio a la sombra. Y sí que estaba fresquita al sacarla del pozo, una delicia junto al asomarme a aquel brocal de viejos ladrillos y percibir que hasta el verde culantrillo traía frescor. La parra bajo la que se encontraba y con aquellas calores, ya ponía tonos amarillos a las uvas y era habitual volver con un racimo que el tío Antonio cortaba a demanda de mi tía. Salía del taller de su carpintería que estaba a la izquierda del pozo y antes de recibir la orden ya me había llenado el búcaro, cortado el racimo y frotado el pelo mientras yo daba al pedal de la piedra de afilar.
-Ea, zumbando pa tu casa que el agua está pa echarla al dornillo - decía después de haber bebido un trago de la sacada del cubo con la latilla que colgaba de un clavo, en el madero que sujetaba la parra.

-Sí, venga, vete ya que verás tu padre... pero toma una porra antes -decía mi tía dándome un trozo de corteza de pan mojada en el majao del gazpacho ¡Qué delicia!
Otra cosa era la temperatura del agua al llegar a mi casa después de tanto preámbulo y de recorrer la calle Los Cercos hasta la plaza de José Antonio a las dos de la tarde. Pero bueno, no era cosa de dejar correr el grifo de la fuente de la plaza hasta que estuviera fresquita, que entonces había conciencia del derroche sin que existiera Greenpeace.
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Pasado el tiempo tuvimos un gran adelanto que me ahorró parte del paseo y trajo otras ventajas. Fue el principio del cambio climático. Era un pequeño mueble blanco, poco mas alto que una antigua mesilla de noche, con aristas redondeadas, y recordado y adecuado nombre: Alaska, que lucía en letras repujadas y plateadas sobre un paisaje ártico.
Bueno, el nombre era un decir, pero traía hasta su folleto de uso en el que el dibujo de un pequeño esquimal contaba cuanto era posible contar sobre el manejo.
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Su hermética puerta daba paso a un recinto de cinc con dos baldas de rejilla mas la parte de abajo. Sobre la primera, una bandeja que recogía el agua del deshielo de la barra de ídem que se soportaba arriba. Lo cierto es que a partir de entonces el paseo por la calle Los Cercos solo llegaba hasta la casa de Rafael Jódar y desde ahí, a la izquierda, ya a la fábrica de hielo a por un trozo de barra, partido por Consuelo con las puntas de un rastrillo que golpeaba justo al tamaño que cabía en la bandeja interior de aquel nuevo invento y que, metida en un pequeño saco (hecho al efecto por mi madre)  y después en una bolsa de red me echaba a la espalda con agrado. También porque de lo contrario tendría que llevarla a rastras y no era plan considerando que de este modo era más fácil ir chupando el polo de hielo, otra de las ventajas sobre el método anterior ¡cada trozo de barra incluía un polo! Quiero decir con lo que sobraba de la vuelta, que no estaban los tiempos para ofertas. El recorrido era circular porque dejaba el Callejón de los Polos enfilando por la calle del Gafa y la tienda de Luis Rubio hasta mi casa. 
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Tuvo tal éxito la marca de la nevera que cuando a alguna clienta de la tienda de mis padres se le pasaban días sin pagar el fiao, había que refrescárselo... y nadie supo, hasta ahora, que cuando mi padre , mi madre o Adela, decían la palabra "Alaska" con cualquier excusa, era para advertir a quien la atendiera que se lo recordara, vamos, que a esa clienta había que refrescarle la memoria por la deuda. 
Así podía, sin venir a cuento, oírseles: "¡qué buena es la nevera Alaska!" o "Ha encallado un barco en Alaska" o cuanto el lector pueda imaginar con Alaska en una corta frase... la cosa derivó en ahorrarse tanto discurso y directamente pronunciando la palabra mágica, ya era suficiente para proceder al refresco. Eso sí, la clientela de aquella tienda siempre fue  extraordinaria y aunque a veces la memoria fallara, mis padres se jubilaron con los libros de cuentas limpios como una patena.
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A aquella nevera Alaska le sucedió otra más alta, con más capacidad, pero de idéntica tecnología porteadora. Narval era la marca aunque no reflejaba por ningún lado la imagen del cetáceo y su logotipo mantenía la misma gama de colores y paisaje ártico. Todo muy creativo.
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Para esas fechas ya estaba yo estudiando en los franciscanos, y aunque agosto era mi mes de vacaciones, nunca tuve con la Narval mas relación que la de dispensarme agua fresca. Sin duda mi hermana Mª de los Ángeles tomó el relevo del transporte de la barra de hielo.

No cambiaron mucho las cosas hasta que colgué los hábitos, entiéndase, tampoco llegué a tomarlos, pero sucedió cuando me salí del colegio franciscano,  el mismo año que nació mi hermana pequeña. Y fue a ella la primera que vi al entrar en mi casa al volver en aquel cálido mes de agosto. Allí estaba en un capazo de mimbre en el centro del comedor ¡cómo me alegró!, tan pequeña, tan bonita... y entre caricias y arrumacos, de pronto, al alzar la mirada ¡allí estaba! al fondo de la cocina, más crecida, blanca, reluciente como un tótem que se anticipaba al de Kubrick  en "Una odisea del espacio".
-Es la nueva nevera - aclaró mi madre ante mi cara expectante-
-No, es un frigorífico! -rectificó mi padre mientras yo contemplaba asombrado aquel ingenio-
-¿Qué más dará? -respondió Ángeles abriendo la puerta y llenándome un vaso de agua de la jarra de plástico con amarilla tapa hermética que había en su iluminado interior-
Aquel resplandor fue como una visión celestial con llanto de niña al fondo reclamando atención. 
Perdona Lourdes -le dije tomándola en brazos- me había distraído con la nevera.
-Frigorífico -volvió a puntualizar mi padre.
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Qué extraño, aunque Alaska fuera sinónimo de la primera vez que sentí el cambio climático en mi casa, ahora tendría que adaptarme a aquel raro nombre que no entendía hasta darme cuenta que la invasión americana había entrado por la puerta. Un folleto con una indecorosa majorette (comprended que yo venía impoluto de los frailes) anunciaba la llegada de Washington 
¿O era Westinghause? No olvidemos que los americanos por aquel entonces ya iban por Constantina y las explosiones rompiendo la barrera del sonido eran habituales en nuestro cielo pedroseño.
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En fin, la cosa es que, adiós nevera, adiós Alaska, adiós búcaro y barra de hielo..., habían llegado los frigoríficos y con ellos el sedentarismo y la buena vida, resumiendo, eso sí que era un cambio climático. Para esos entonces, la generación encargada de portear frescura en verano no era ya la mía... en esas reflexiones filosóficas estábamos mi primo Eleuterio y yo cuando vimos a nuestros hermanos más pequeños, Salvador L . y Salvador M., sacar sendos polos de aquel nuevo aparato.
-¡Cómo cambian los tiempos! y qué poco aprecian lo que tienen esta nueva generación- dijimos casi al unísono de nuestros dieciséis o diecisiete años.
-No como nosotros que para conseguir agua fresquita teníamos que ir al pozo de tita Estefanía, y ya ves, en solo diez años...

Y nos quedamos tan frescos, que en verano había que recurrir a cualquier remedio.

-¡Estas calores de 2021 no son como las de antes!
-Hoy, gracias a los telediarios sabemos que incluso se alcanzan temperaturas de más de 40º en agosto.
-¡Qué barbaridad! 
entonces no sabías si estábamos a 40 o a 47 grados... 
-Es que ahora nos enteramos de todo...
-¡Éramos unos ignorantes!
-Y del cambio climático ¿qué, primo?
-¿Del cambio climático? Dile a tus nietos y a los míos que vayan al pozo a por agua fresquita para el gazpacho.

Y... nos quedamos tan frescos.

MORALEJA: Como dice mi amigo Juanjo: ¡Qué bien vivíamos cuando vivíamos mal!
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Un paseo por la historia.

1/2/2019

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LA CATEDRAL DE SEVILLA en 3D
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​Hoy no voy a escribir mucho. Solo invitarte a una visita a la tercera Catedral más grande del mundo. Y por supuesto la mas bella para cualquier sevillano.
Cuando de pequeño mis padres me llevaron por primera vez, me pareció imposible algo semejante, miraba a mi alrededor, al techo, sus rejas, altares, columnas... no podía creerlo, era como entrar en otro mundo.
Hoy, contemplándola después de tantos años, aún revivo aquella fascinación. Eso sí, con más turistas.


Así la pintó Joaquín Domíngez Bécquer (
Sevilla 1817 - 1879). Tío del poeta Gustavo Adolfo Bécquer.

Pulsa en la imagen para hacer tu propio recorrido. A partir de ahí, si es desde el móvil, 
pasa el dedo por la pantalla y ve donde quieras pulsando  las flechas. Desde el ordenador, mediante el mouse.
​Espero te guste.
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VIRGEN DEL ESPINO 1889 - 2018

2/11/2018

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Algunos de mis paisanos se preguntarán que a qué viene hoy esta entrada, tan pasada de fecha, en mi blog MIRADAS AL PASAR.
​Lo explico:


1) Hace tiempo que la vestimenta plasmada en el cuadro de la Virgen del Espino de Juan Bautista Olivós y realizado en 1899, me cautiva. 
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En la festividad de nuestra patrona del pasado 8 de Septiembre de 2018, quise percibir una cierta referencia al  mismo, la imagen llevaba un vestido de barroco bordado con granate manto, aunque de actualizada forma en la composición. 
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Sea como fuere dio pie a mi atrevimiento: fusionar ambas imágenes al compás del fragmento final de la inspirada MADRECITA DEL ESPINO, del compositor Emilio Muñoz Serna, que tan bien llega a nuestros oídos interpretada por la Agrupación Musical Nuestro Padre Jesús de la Redención de Sevilla.
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PULSA EN LA IMAGEN PARA VER EL AUDIOVISUAL

2) Y el porqué hoy, es muy sencillo. En un día de conmemoración de los seres queridos que nos dejaron, no debe faltar esa fe y esperanza que depositaron en su Patrona, invocándola y viendo en ella la luz que les marcaría el camino de sus vidas.
Sabido es que la mía es escasa -la fe-, pero el respeto por cuantos la tienen es infinito. Sea por todos ellos, en tiempos de desasosiego, y por cuantos sienten que sus deudos disfrutan de la LUZ y PAZ eterna.

EL CUADRO.
No he tenido ocasión de investigar en los archivos, que seguro existen, sobre su encargo y factura, pero hay fotografías de cuando el mismo se encontraba en la Iglesia en vez de en la Ermita, donde lo podemos contemplar actualmente.

Era habitual que en los pueblos, para mantener el recuerdo vivo sobre la devoción a la patrona durante todo el año, se realizaran este tipo de reproducciones que se ubicaban en lugar destacado de las parroquias y así, los fieles, no tenían que

desplazarse para expresar su devoción a la ermita, por lo general en lugar alejado.
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En esta antigua fotografía, en el interior de la Iglesia Parroquial, se observa al fondo el cuadro de la Virgen del Espino que se reproduce anteriormente y, curiosamente, su imagen ante él. Debía ser la costumbre cuando se traía de la Ermita con motivo de su festividad. 

Las líneas emanadas del Concilio Vaticano II, en su purismo, desalojaron a nuestra parroquia de altares e imágenes, dejando exentos sus muros interiores. Aventuro que de esta manera fue como el mencionado cuadro, se trasladó a la Ermita. Los nuevos tiempo con la posterior remodelación de la Parroquia, eran también de motos, coches y paseos saludables, por lo que no era difícil el acceso a la Virgen del Espino en su "sede oficial", aunque por su cercanía, la distancia nunca fue un obstáculo y era común decir (y quizá lo siga siendo) "me voy a acercar a ver a la Virgen".
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OTROS CUADROS DE LA VIRGEN DEL ESPINO
No son muchos o al menos no los conozco, pero existen dos de pequeño formato que se conservan en la Ermita.
Aunque no tengan un gran valor desde el punto de vista pictórico, sí lo tienen como documento y representación de unas épocas que nos acercan a su devoción y que algún fiel pinta o encarga en agradecimiento del favor recibido.
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La leyenda bajo la Virgen reza así:
​NTRA. SRA DEL ESPINO. OTORGADO LO IMPOSIBLE.

​En el de la persona orante,  la imagen mantiene la misma posición frontal que conocemos, a diferencia del otro en el que existe un "diálogo" entre la Madre y su Hijo debido, sin duda, más a la licencia del pintor que a una fiel representación. 
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En este caso la vestimenta se recoge dentro de la característica ráfaga de orfebrería que la circunda.
​Los dos personajes a ambos lados representan a los arcángeles Miguel y Gabriel, el primero, de espada y armadura como vencedor del pecado y el segundo portador de las
azucenas de la pureza en la Anunciación.
​


Y nada más por hoy, tiempo habrá de seguir investigando.
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